La Voz de Almería

El puerto de Almería en los días de niebla

La niebla era la aliada de los desertores del colegio que preferían perderse en el puerto

 

Un día de niebla en el puerto. 31 de marzo de 1972. Las escaleras de piedra eran un lugar frecuentado por los pescadores. Los niños solíamos merodear por aquellos rincones con el cubo, el cebo y una modesta caña de pescar.
Un día de niebla en el puerto. 31 de marzo de 1972. Las escaleras de piedra eran un lugar frecuentado por los pescadores. Los niños solíamos merodear por aquellos rincones con el cubo, el cebo y una modesta caña de pescar.

 

Durante un tiempo llegué a tener un diario de los días de niebla. Un maestro que tuve en el colegio, allá por el año 1971, nos mandaba una redacción cada vez que amanecía con neblina o estaba lloviendo y desde entonces y durante dos o tres años, fui anotando en un cuaderno los días en los que Almería se ocultaba bajo la niebla. De aquellas anotaciones he podido extraer una conclusión fiable: hace cincuenta años el tiempo era mucho más imprevisible que ahora y existían los otoños con sus nieblas prematuras y las primaveras donde de pronto se colaban los últimos coletazos del invierno que nos obligaban a sacar de nuevo los abrigos cuando ya los habíamos guardado en la profundidad de los armarios.
Había años en que la niebla llegaba con retraso como si se hubiera perdido por los callejones de un invierno tardío que empezaba a traernos las primeras noticias de la próxima primavera. Había una niebla poética que componía estampas y creaba nuevos paisajes sobre horizontes y edificios, y había una niebla mucho más prosaica que caía a diario sobre la ciudad como queriendo ocultar su abandono secular y una dejadez vocacional que no se quería reconocer.
Por las mañanas, camino del colegio y del trabajo, la gente pasaba abrigada. Iba deprisa, mirando al suelo, con los pensamientos llenos de niebla, tratando de esquivar la humedad que se colaba hasta los ojos. En Almería solíamos decir que ese tiempo sólo traía enfermedades, que había un antes y un después de un día de densa niebla. La niebla nos parecía el sueño de las cosas. La niebla confundía e inventaba, sugería nuevos paisajes y transformaba nuestros escenarios cotidianos que de pronto desaparecían. Desaparecían los muros de la Alcazaba, la torre de la Catedral, pero nunca el edificio de nuestro colegio,  que resistía todos los temporales.
Nada permanecía igual bajo su manto. En las tardes de invierno, cuando las nubes nos rozaban, la niebla formaba un cielo pesado que se desplomaba sin piedad por el horizonte, sobre los últimos pisos, sobre los hierros oxidados del cargadero del Cable Inglés, que proyectaba su sombra desgastada e imprecisa de gigante venido a menos en el espejo gris de la playa. El mar estaba quieto, parecía un extraño sin noticias del viento, como si la niebla lo hubiera convertido en una pista de patinaje por la que se resbalaran alegres las primeras gaviotas. Todo se volvía irreal bajo la niebla. Parecía como si la vida se hubiera detenido entre sus columnas. Sólo algún gato, ausente y juguetón, y la presencia de los niños, ponía una nota de certeza entre las rocas de un espigón cercano. Hasta los barcos parecían un espejismo que avanzaba despacio desde un tiempo lejano que nunca existió.
La niebla era una buena alidada de los niños que desertaban del colegio. Bajo la niebla nos sentíamos un poco más libres, resguardados bajo su manto blanco. Estábamos tan hechos al sol que cuando llovía o cuando nos caía encima un día de niebla, el pulso de la ciudad latía con un ritmo lento, decadente, pesado, como si todas las normas y la propia vida se hubieran tomado un descanso.

La niebla nos protegía de las miradas de la ciudad y teníamos la seguridad de que aquel día nadie nos iba a descubrir. Si el puerto era un refugio diario, mucho más lo era cuando caía la niebla. El muelle parecía un escenario fantástico, abandonado a su suerte. Se paraban los motores de las grúas y se esfumaban los caminantes. Las barcas de pesca permanecían amarradas y solo la presencia de algún pescador solitario nos devolvía a la realidad. A veces, los niños también jugábamos a ser pescadores y nos fabricábamos una potera rudimentaria para ir en busca de los pulpos que solían merodear por las aguas del puerto. Siempre había algún amigo de nuestra calle que tenía una caña de pescar, un cubo y un poco de cebo, un equipaje suficiente para perderse en ese oasis del tiempo perdido que eran el muelle y el espigón de levante.
El puerto se llenaba de magia en los días de niebla. El mar se abrazaba con las nubes y el faro nos parecía un naufrago que trataba de salir a flote entre la espesa bruma.
Alguna vez, en una tarde de niebla, los niños de mi barrio llegamos hasta la punta del espigón para desde allí tratar de adivinar el mástil y las luces de algún barco que se aproximara a la costa. Era emocionante descubrir, en medio de la niebla incesante, la figura de un buque abriéndose paso como si acabara de llegar de un sueño. La niebla nos remontaba al invierno profundo y cuando salíamos de nuestras casas hacia el colegio, nuestras madres nos tapaban bien la boca para que no se nos colara ninguna enfermedad.

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