La Voz de Almería

El mito de la bicicleta de carrera

Los niños de los años setenta también soñábamos con tener una bici como las del Tour. 

Veníamos de las bicis obreras de nuestros padres, aquellas con barra y sillín de madera.

 

Tres campeones  del ciclismo de barrio en los años setenta: Antonio Salvador Rueda, Juan Martínez Oliver y Martínez López, en una prueba celebrada en octubre de 1975 en las instalaciones del Parque Infantil de Tráfico.
Tres campeones del ciclismo de barrio en los años setenta: Antonio Salvador Rueda, Juan Martínez Oliver y Martínez López, en una prueba celebrada en octubre de 1975 en las instalaciones del Parque Infantil de Tráfico.

 

Como soñar no costaba dinero, los niños de los primeros años setenta disfrutábamos lo mismo con los sueños que con la realidad. Nos divertíamos a lo grande con una simple pelota de plástico jugando al fútbol, aunque nuestro sueño común era poder tener un día un balón de reglamento. Nos creíamos corredores auténticos subidos en las bicicletas antiguas que sobrevivían en las casas, pero en los sueños compartidos, en las esperanzas de grupo,  aspirábamos a poder montarnos alguna vez en una de aquellas bicis de carrera que con tanta admiración veíamos en los reportajes del Tour de Francia.
Soñábamos con mejorar, pero nos conformábamos con poco. Veníamos de las bicicletas obreras de nuestros padres, aquellos armatostes de hierro con la barra en medio y el sillón que parecía de madera y cualquier novedad suponía un gran paso adelante.
Un día empezaron a aflorar en nuestras calles las bicis BH que anunciaban por la tele, que venían con un formato que permitía plegarlas para meterlas dentro del coche. Todos queríamos tener una BH, aunque puestos a soñar, en un rincón de nuestra imaginación infantil siempre estaba el mito de la bicicleta de carrera.
El que tenía una de aquellas bicis de verdad ascendía al olimpo de los dioses en el escalafón de los héroes de barrio. Cuando un niño aparecía por la calle montado en una bicicleta de carrera, con los radios relucientes, con aquel manillar en espiral, con aquellos cambios que te permitían subir las cuestas sin levantarte del sillín, los otros, los del cuerpo de infantería, lo rodeábamos como si acabara de llegar un ídolo. Todos conocíamos a algún ciclista en potencia que con once o doce años ya sonaba en los corrillos deportivos de la ciudad. En mi barrio era muy admirado Javier Asensio, que solía frecuentar la Plaza de la Catedral para desafiar a algún valiente que se atreviera a competir con él dándole vueltas a la rotonda central. Recuerdo, allá por 1976, que en una de aquellos improvisados desafíos, el bueno de Javier Asensio sufrió una brutal caída cuando una de las ruedas patinó por las piedras del asfalto y acabó malherido en una cama del Hospital Provincial.  Escuchábamos los nombres de Miguel Parra, de Expósito y sobre todo, de Juan Martínez Oliver, del que se decía con razón que iba para estrella. De vez en cuando se organizaban carreras fuera del calendario oficial que era siempre la Feria. Fue muy celebrado el Campeonato Provincial para Menores que llevó a los más destacados ciclistas de la ciudad por distintos barrios. La competición tenía una prueba de gimkana que se celebraba en las instalaciones del Parque Infantil de Tráfico, al final de la Rambla, y carreras de velocidad que tenían como escenario la recién construida avenida de Carrero Blanco.

Los que nunca tuvimos una bicicleta de carrera nos teníamos que conformar con hacernos amigos de algún ciclista para que de vez en cuando nos dejara subirnos para dar una vuelta. Qué emocionante era sentarse en el sillín, colocar la punta de los pies en los pedales, inclinar el tronco sobre el manillar y empezar a pedalear con la sensación de estar volando.  Sentíamos tanta admiración por las bicicletas de carrera como por las bicis de paseo con marchas que traían los hijos de los emigrantes que estaban en Alemania.  Acostumbrados a las bicis antiguas de nuestros padres, que pesaban como un tanque, una bici con marchas nos parecía un cohete y la disfrutábamos con esa sensación de placer que tienen las cosas imposibles. Poco a poco volvíamos a la realidad,  sin frustraciones, conformándonos con nuestras bicis familiares que íbamos heredando de un hermano a otro, con las que aprendimos a arreglar un pinchazo y a poner en marcha una dinamo.

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