La Voz de Almería

El pájaro que se salía de la jaula

En algunos barrios era habitual ver a los niños con un agujero en la bragueta.  Era  el recurso de las madres para evitar que se orinaran dentro del pantalón.

El niño Santiago Amador, de la barriada de los Almendros, con su agujero en el pantalón y su ‘pito’ fuera. Estaba acompañado de su padre Santiago y de su abuela Ana.
El niño Santiago Amador, de la barriada de los Almendros, con su agujero en el pantalón y su ‘pito’ fuera. Estaba acompañado de su padre Santiago y de su abuela Ana.

 

“Niño, cierra la jaula que se te escapa el pajarillo”, decían los mayores cuando se cruzaban con un niño con la bragueta abierta. En los tiempos en los que la calle era más hogar que las propias casas, era habitual, sobre todo en los barrios más humildes, ver a niños corriendo medio desnudos sin ningún pudor, antes de que descubrieran el sabor amargo de la vergüenza. Estábamos tan acostumbrados a aquella estampa que casi nadie se ruborizaba porque un menor fuera enseñando el trasero, o en el caso de algunos niños, con el ‘pajarillo’ fuera de la jaula. Había madres que no podían permitirse estar cambiando a sus hijos cada vez que se orinaban y como los pañales modernos eran entonces un lujo, tiraban por la calle de en medio y para evitar que se mearan en el pantalón los dejaban sueltos en la calle como Dios los había traído al mundo.
En verano, cuando apretaba el calor, no les hacía falta ni el recurso de la camiseta, por lo que era habitual encontrarse con niños sin ninguna prenda de ropa encima que trotaban por los arrabales con la misma naturalidad como si fueran vestidos. Lo más normal es que se tratara casi siempre de niños pequeños, entre tres y siete años, pero yo llegue a conocer en el Cerro de San Cristóbal algunos casos de niños que se sentaban en los trancos de las casas a comerse la merienda desnudos de cintura hacia abajo a una edad en la que el ‘pajarillo’ empezaba a coger forma de un ave rapaz. Entre aquellos chiquillos que no tomaron conciencia de la edad hasta que no les salió todo el pelo de barba, me acuerdo de uno que le llamaban Ángel que se subía a hacer sus necesidades a un terrado de una casa abandonada, sin otra barrera visual que unas pencas silvestres. El bueno de Ángel, que ya iba camino de los catorce años, se ponía en cuclillas sin recato alguno, creyendo que todavía era un niño, cuando entre las piernas ya se le aparecía un hombre hecho y derecho. Hasta que las casillas del barrio del Santo estuvieron habitadas, allá por los años ochenta, esa estampa de los niños y los adolescentes haciendo sus necesidades en medio de la calle se repetía con frecuencia y a veces, desde la Plaza Vieja y de las calles próximas, la gente que pasaba y miraba hacia arriba se encontraba con aquel espectáculo escatológico.
Había muchos niños que salían a jugar medio desnudos o medio vestidos, y otros que aparecían en la calle perfectamente uniformados, con su pantalón reglamentario, pero con el ‘pito’ fuera. Estos casos eran propios del invierno, cuando el frío y la humedad impedían salir sin ropa y algunas madres, para evitar que sus hijos se mearan en el pantalón, recurrían al viejo truco de abrirles un agujero a la altura de la bragueta para que los chiquillos se mearan con total libertad cada vez que sus inquietas vejigas se lo pidieran. En la fotografía de esta página aparece uno de aquellos niños callejeros con el pantalón agujereado y el ‘pajarillo’ fuera. El niño se llamaba Santiago Amador y era vecino del popular barrio de los Almendros, frente al cementerio de San José. Seguramente, aquel día en el que un señor apareció por su casa para echarle una foto de familia, fue un acontecimiento desconocido en la vida de aquel chiquillo, pero esa solemnidad del momento no le impidió posar con total naturalidad mostrando sus atributos, arropado por su  hermana, por su abuela y por su padre. Allí estaba Santiago, con su jersey de cuello alto para no coger frío en la garganta, con su elegante peto de rayas verticales, con sus sandalias de goma que lo mismo se utilizaban en invierno que en verano y con el ‘pito’ colgando ajeno, a las miradas y a cualquier comentario.

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