La Voz de Almería

El pecado empezaba en las rodillas

El peso de la moral cayó como una losa sobre las mujeres en los años de la posguerra

 

 

Muchachas  jugando en la playa de Villacajones en el verano de 1941. Eran pocas las que se atrevían a quitarse la ropa de calle para meterse en  el mar. Al fondo se puede ver uno de los depósitos de la fábrica del gas.
Muchachas jugando en la playa de Villacajones en el verano de 1941. Eran pocas las que se atrevían a quitarse la ropa de calle para meterse en el mar. Al fondo se puede ver uno de los depósitos de la fábrica del gas.

 

El ojo censor de la moral no se cansaba de vigilar, de mirar la vida por esa rendija estrecha y miserable por la que  casi todo resultaba reprobable. Había que cumplir las normas a rajatabla, que todo estuviera controlado, sobre todo los instintos de los jóvenes, que por dentro corrían desbocados sin atender las recomendaciones de los púlpitos ni los bandos del Gobernador civil. Había que levantar grandes murallas para que el deseo se quedara escondido allí donde nadie pudiera verlo y sobre todo, había que convencer a las mujeres de que no solo estaban obligadas a ser honradas, sino también a parecerlo. Las apariencias importaban más que la realidad individual y colectiva, por lo que de puertas a fuera había que dar ejemplo, sacar a pasear las virtudes y esconder los defectos.
Quizá, las grandes perdedoras de aqueños años fueron las mujeres, a las que el cerco de la moralidad las condenó a viajar por la vida en vagones de tercera, casi siempre a la sombra de un hombre, y siempre dando ejemplo de virtud. Ellas no iban solas ni a misa, y mucho menos de paseo o a darse un baño en la playa. Casi todo estaba mal visto, hasta ponerse un traje de baño más corto de lo que mandaban las reglas o hasta que las vieran hablando con algún muchacho apartadas del grupo.
La playa estaba llena de miradas perversas, advertían desde los altares y para no alimentarlas, las muchachas de entonces tenían que ser tan recatadas sobre la arena como lo eran en sus casas a la hora del almuerzo cuando estaban delante de sus padres. Los baúles antiguos están llenas de fotografías de la posguerra donde aparecen adolescentes y mujeres adultas metiéndose en el mar sin quitarse los vestidos, hasta que el agua les cubría las rodillas. De las rodillas para arriba empezaba el pecado.
Ellas no iban solas a la playa, ni a pasear, ni siquiera a las procesiones. Tampoco iban solas a los bares, ni al cine, ni podían salir de noche con sus amigas. La única madrugada que conocieron la mayoría de las jóvenes almerienses de la posguerra fueron las del Cristo del Escucha y las de Jesús de la Pobreza cuando subía al Cerro de San Cristóbal. En aquellos amaneceres de luto y oración, las mujeres eran el alma de los cortejos, eso sí, siempre acompañadas, para que nadie pudiera “echarles la lengua encima”.
Tampoco era conveniente que fumaran en público y era casi imposible ver a una mujer entrar sola en un bar o en un café. Mi madre siempre nos contaba que cuando ella era adolescente se decía que solo las mujeres de la vida se atrevían a ir fumando solas por la calle y lo mismo se contaba de la que entraba sin compañía en un bar. La virtud pasaba por cumplir las normas y las advertencias de las autoridades civiles que tanto empeño pusieron en llevarle la contraria a la vida.
El 18 de abril de 1940, el nuevo gobernador, Rodrigo Vivar Téllez, manifestó su firme propósito de “mantener en todos los órdenes la rigidez de nuestro estilo falangista”. Esa rigidez se pudo comprobar muy pronto. Dos meses después de su nombramiento, colgó por las paredes de bares, cafés y establecimientos públicos, un Bando para suprimir de las playas y balnearios la desnudez exhibicionista.
A las mujeres se les exigía el traje de baño completo que cubriera la espalda, el pecho y los costados, y una sobrefalda hasta la rodilla para que no se le vieran las piernas. Los hombres tampoco podían enseñar el torso y la espalda y si querían estar en la playa, tenían que llevar un pantalón de deporte ancho que no marcara sus formas naturales. No se permitía, en modo alguno, tomar baños de sol o pasear por la orilla en traje de baño si no llevaban sobrepuesto un albornoz o prenda semejante, ni vestirse y desnudarse fuera de las casetas. Los infractores se arriesgaban a multas de entre cien y quinientas pesetas, sanciones  que no tardaron en llegar, puesto que el Gobernador se encargó de establecer un riguroso servicio de vigilancia entre la zona del Puerto y San Miguel. En julio de 1940 aparecieron en el Yugo los nombres de los primeros bañistas multados, que cometieron el delito de bañarse con la parte superior del cuerpo descubierta.

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