La Voz de Almería

A los que les hacía falta una mili

Existía la convicción de que la mili era el mejor lugar para instruir a los jóvenes

 

Grupo de quintos  en el Campamento de Viator a principios de los setenta. Entonces nadie dudaba de que el servicio militar era un buen lugar para que los jóvenes se terminaran de formar como hombres “hechos y derechos”.
Grupo de quintos en el Campamento de Viator a principios de los setenta. Entonces nadie dudaba de que el servicio militar era un buen lugar para que los jóvenes se terminaran de formar como hombres “hechos y derechos”.

 

 

Cuando un grupo de estudiantes del instituto bajábamos por el Paseo con melenas y una pancarta pidiendo reformas educativas, allá por el año 1980, un señor jubilado, de los que se sentaban en la puerta de los cafés del Paseo, se levantó muy serio y le dijo a uno de los policías armadas que iban vigilándonos: “A éstos lo que les haría falta era un ‘pelao’ como Dios manda y una mili, pero no una de doce meses como ahora y en su casa, sino una mili de las de antes, dando barrigazos en Melilla y haciendo las necesidades en medio del desierto”.
Aquella frase no era una novedad para nosotros. Los jóvenes que vivimos la Transición, esos años de cambio entre la dictadura y la democracia, nos acostumbramos a escucharla como un dardo que nos lanzaban los mayores por el delito de ser jóvenes y por nuestra vocación de folloneros callejeros.
A nadie se le ocurre pensar que todos los estudiantes que íbamos a esas manifestaciones lo hacíamos por convicciones políticas o por compromiso social, porque no era así. La mayoría nos  apuntábamos a la fiesta porque entraba dentro de los actos de las jornadas de huelga que tanto nos gustaban porque nos dejaban unos días sin clase.  Pedíamos libertad, pedíamos más centros públicos, una educación más moderna y todo lo que hubiera que pedir con tal de no pisar las aulas ese día.  Los veteranos del lugar, los  que nos veían desde los cafés del Paseo, nos recordaban que nos hacía una falta una mili y que ellos, a nuestra edad, ya estaban trabajando y sacando una familia adelante. “Si éstos son el futuro de España estamos salvados”, le escuché decir a uno de ellos. Pero así era. Nosotros éramos el futuro, sin patrias, pero el futuro. Y ese futuro, más tarde o más temprano, nos iba a llevar a ese escenario redentor que para los mayores era el servicio militar.
La obligación de la mili pesaba como una espada de Damocles sobre nuestras cabezas desde que nos empezaban a salir las primeras sombras en el bigote. Sabíamos que un día, cuando termináramos de estudiar nos esperaba esa travesía del desierto que a los veinte años significaba perder una parte de tu vida en el ejército sin tener ninguna vocación militar.
El fantasma de la mili lo teníamos muy presente los adolescentes de la Transición porque nos movíamos en un mar de dudas y en medio de un escenario de miedos, de inseguridad, donde todavía no sabíamos muy bien si la democracia que acabábamos de empezar a saborear iba a ser una realidad duradera o un espejismo, y porque de confirmarse lo segundo los militares volverían a ganar protagonismo y la mili se haría tan dura como lo había sido la de nuestros padres treinta años atrás.
En mi casa, cuando me dejaba medio plato de comida en la mesa o cuando me negaba a cortarme el pelo al gusto de mi padre, siempre salía a relucir la temida frase de “que falta te hace una mili”. Yo no sé qué tenía aquella expresión que nada más escucharla me despertaba todos los miedos  que uno pudiera engendrar en su imaginación. Temores que un día se confirmaron cuando me llegó la temida carta para incorporarme a filas. La recogida del petate, la incertidumbre del viaje, las primeras órdenes, los primeros gritos, la primera dosis de disciplina que nos hacía entender que habíamos entrado en otro mundo y habíamos regresado un siglo atrás.
A muchos nos hacía falta una mili y ya la teníamos encima. Rapados al cero, con un gesto que ni nosotros mismos reconocíamos cuando nos mirábamos al espejo, alejados de todos nuestros afectos: la familia, los amigos, las novias, contando hora tras hora los días que nos faltaban para licenciarnos, tachando sobre el almanaque cada día que pasaba.
Nos hacía falta una mili para  aprender a buscarnos la vida por nuestra cuenta, para hacernos hombres de verdad y salir de las faldas protectoras de nuestras madres, para volver a conocer el sabor amargo de la disciplina que habíamos olvidado desde que salimos de aquellos colegios de privados del franquismo tardío. Volveríamos mejorados del servicio militar y con las cabezas mejor amuebladas, según se decía entonces. Pero la realidad era distinta y en la mili uno terminaba por buscar todos los atajos posibles para hacer lo menos posible.
Muchos éramos jóvenes rebeldes que no entendíamos muy bien qué estábamos haciendo en un cuartel, perdiendo un valioso año sin otra aspiración que aprender a desfilar torpemente y hacernos unos expertos en la técnica del escaqueo. Porque escaquearse era la gran esperanza de todo recluta. Escaquearse para que no te enganchara un superior y te  colgara algún trabajo, escaquearse para dejar de obedecer aunque sólo fuera durante una hora, escaquearse de la ropa militar, del olor a cuartel. Yo no sé si en la mili me hice más hombre. Lo que sí estoy seguro es me hice doctor en el arte del escaqueo.

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