La Voz de Almería

Las llegada de las cabinas con monedas

En 1968 se inauguró el nuevo sistema de cabina telefónica que sustituía al de las fichas

 

Momento de la inauguración de la cabina que se colocó en la Puerta de Purchena, frente al cuartel de la Guardia Civil. Fue un gran acontecimiento en  la ciudad, una de las señales de que nos habíamos enganchado al progreso.
Momento de la inauguración de la cabina que se colocó en la Puerta de Purchena, frente al cuartel de la Guardia Civil. Fue un gran acontecimiento en la ciudad, una de las señales de que nos habíamos enganchado al progreso.

 

Todavía se pueden encontrar, en algún rincón perdido de la ciudad y en los pueblos más remotos alguna de aquella viejas cabinas de teléfonos, ya abandonadas, que hace cincuenta años nos trajeron el progreso a nuestras calles. Son las reliquias de una época donde el teléfono no había llegado a todas las clases sociales y el principal sistema de comunicación entre provincias seguía siendo el de la correspondencia por carta. No es de extrañar que en  aquella época el oficio de cartero fuera uno de los más demandados y que colocarse en Correos estuviera considerado como un lujo.
La casa donde existía un teléfono se convertía en un lugar de referencia dentro de la calle, allí donde iban los vecinos a telefonear cada vez que tenían alguna emergencia: una enfermedad, un parto, un fallecimiento, un hijo en el servicio militar. Cuando llegábamos al comedor del vecino y nos colocábamos delante de aquel aparato, nos invadía una sensación de vértigo, esa impresión a lo desconocido que nos llenaba de miedos, y así, sin saber muy bien lo que hacíamos, con torpeza íbamos colocando la yema del dedo índice en medio de los agujeros con los que se marcaba el número al que teníamos que llamar.
En mi calle había una mujer que montaba un gran espectáculo cada vez que se ponía a hablar por el teléfono. Se colocaba el aparato bien pegado a la cara y cada vez que llamaba a una hermana que tenía en Barcelona se ponía a dar gritos para que la escuchara mejor. La señora pensaba que como estaban tan lejos cuanto más fuerte hablara más posibilidades había de que su interlocutor la entendiera; cada vez que había llamada, los niños corríamos hacia su ventana para enterarnos de la conversación.
No es de extrañar que la llegada de las primeras cabinas telefónicas a Almería, en el verano de 1966, supusiera una pequeña revolución en la ciudad y un adelanto que originó serios problemas a las autoridades y a la Compañía Telefónica Nacional por culpa de las actuaciones vandálicas de las pandillas de desalmados que se dedicaban a asaltarlas. El 20 de julio de 1966 se instalaron las cinco primeras cabinas en el caso urbano. Los lugares escogidos fueron la Casa del Muelle, en la carretera de Pescadería; la Plaza de Pavía; la Plaza de Barcelona, frente a la Estación de Autobuses; la Plaza del Mercado y la Puerta de Purchena, cerca del cuartel de la Guardia Civil. De agosto a septiembre de ese mismo año se colocaron veinte cabinas más, que se repartieron por aquellos sectores de la población con menos teléfonos registrados, por lo que todos los barrios de Almería quedaron comunicados con sus correspondientes cabinas.
El primer año de funcionamiento las cabinas telefónicas operaron con fichas, hasta que en marzo de 1968 se cambiaron los teléfonos para que pudieran utilizarse monedas. En esa época, la llamada mínima costaba dos pesetas y no se podían realizar conferencias. La presencia de las cabinas telefónicas le dio a la ciudad cierto aire de progreso y las calles donde había colocada una cabina nos parecían tan modernas como aquellas lejanas que veíamos en las películas americanas. Pero el orden duró poco. En enero de 1967, seis meses después de que empezaran a instalarse, los actos de gamberrismo dejaron inutilizadas la mitad de las cabinas de la ciudad. Las situadas en el barrio de los Pinares y en la calle de Eguillor, frente al patio del Instituto, fueron quemadas, y otras, como la cabina de la calle Jovellanos o la del Parque, se quedaron sin cristales ni teléfono y fueron forzados los departamentos de recepción de las monedas. Otras veces, las cabinas servían como refugio de mendigos durante la noche y hasta de váter para que la gente hiciera sus necesidades.
En diciembre de 1974, un mes después de que Televisión Española emitiera la película ‘La Cabina’, donde el actor José Luis López Vázquez se quedaba encerrado en una de ellas, hubo un caso parecido en Almería. Ocurrió en la cabina instalada en la Plaza de Marín y tuvieron que actuar los servicios técnicos de Telefónica para forzar la puerta averiada. Para evitar accidentes, los niños solíamos tomar precauciones cuando nos metíamos en una cabina, colocando el pie en la puerta para que no se cerrara.
A los niños de entonces nos gustaban muchos las cabinas porque nos aislaban en medio de la calle y nos ayudaban a pasar desapercibidos. Había quien se metía en una cabina a fumarse un  cigarro, a darse el lote con una vecina o a jugar a hacer llamadas falsas, un entretenimiento que se convirtió en habitual para desgracia sobre todo de los taxistas, que eran víctimas de las bromas  cada vez que una voz anónima les requería para un servicio falso. Se puso de moda en aquel tiempo solicitar un taxi para el aeropuerto, que era un lugar lejano o para el Hotel Aguadulce, donde también corría con paso ligero el temido contador de kilómetros.

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