La Voz de Almería

El ‘tonto’ del crimen de Gádor

Julio Hernández, el ‘Tonto’ participó en el crimen y fingió descubrir el cadáver del niño

 

Julio Hernández,  con las manos esposadas, durante la reconstrucción de los hechos en presencia del juez. Era un hombre joven y fuerte que trabajaba de bracero.
Julio Hernández, con las manos esposadas, durante la reconstrucción de los hechos en presencia del juez. 

 

La historia de los saca mantecas estuvo presente en las casas como el recuerdo de un crimen que había marcado a varias generaciones de almerienses desde que en el verano de 1910 ocurrieron los tristes sucesos del crimen de Gádor. Aquella fatídica fecha del 28 de junio pasó a ser recordada para siempre, así como todos los detalles del suceso.

Aquella tarde el niño Bernardo González Parra, de siete años, había salido de la casa cueva que habitaba con sus padres y sus hermanos en Rioja para irse a jugar con sus amigos por el cauce del rio Andarax. Jugaban a coger cañas, a buscar pajarillos, a esconderse entre los pequeños arbustos de la rambla.
Aquella tarde también se ocultaban, en medio de la vegetación, dos hombres al acecho de los niños. Buscaban una víctima para completar un negocio macabro. El cabecilla de aquella operación era un conocido curandero de Gádor llamado Francisco Leona, que necesitaba la sangre y las grasas de un niño sano para curar la tuberculosis de un vecino que a cambio le había prometido unos cuantos miles de reales.

El presunto enfermo era un aparcero del Cortijo del Carmen, Francisco Ortega Rodríguez, apodado ‘el Moruno’, que venía padeciendo una extraña enfermedad que le estaba quitando la vida. Cuando acudió al curandero en busca de un milagro, éste le dejó claro que el remedio se escondía las entrañas de un niño, que sólo se curaría bebiendo su sangre fresca y cubriéndose el pecho con el tejido graso de la víctima.
La tarde del 28 de junio de 1910, el curandero, acompañado de un bracero de confianza conocido como Julio ‘el Tonto’, se internaron por el cauce del rio en busca de una víctima. Conocían aquella zona escondida y sabían que por aquellos páramos rondaban los niños a la hora de los juegos. Escondidos entre la maleza esperaron  hasta que vieron descender por el cauce a tres chiquillos que corrían y brincaban, ajenos al mal que los amenazaba.

Cuando Bernardo, uno de los tres niños, se internó entre los cañizos, los dos hombres salieron a su paso y mediante engaños lo internaron  entre los matorrales hasta que consiguieron meterlo en un saco. Con la víctima a cuestas atravesaron el lugar conocido como el marchal de Araoz hasta llegar al cortijo de San Patricio, donde los esperaba la madre de ‘el Tonto’, llamada Agustina Rodríguez y varios familiares que estaban dispuestos a colaborar en el crimen. Dejaron la carga en el porche y mandaron al ‘Tonto’ a que avisara al ‘Moruno’ para decirle que todo estaba preparado, que su curación lo estaba esperando. Cuando el enfermo llegó, el niño todavía estaba vivo. Unos segundos después el curandero le abrió una ancha herida en el costado, cortando las arterías, mientras que el ‘Moruno’ iba recogiendo en una olla la sangre del niño para bebérsela de un trago. Con la víctima yacente, el curandero le abrió el vientre con un verduguillo, sacándole las mantecas que el supuesto enfermo se colocó sobre el pecho creyendo que le iban a devolver la salud.

Al descubrirse el crimen del pequeño Bernardo, se confirmó que el curandero Francisco Leona y su compinche Julio Hernández, el ‘Tonto’, habían sido los autores materiales. Fue uno de ellos, el ‘Tonto’, el que encontró el cadáver del niño que él mismo había enterrado en una cueva, tratando después de convencer a la Guardia Civil de que el hallazgo había ocurrido de  forma fortuita, mientras  perseguía perdices, cuando introdujo una mano entre unas piedras.

El Leona no llegó a conocer su sentencia al morir mientras se encontraba en prisión, el día 29 de marzo de 1911. Su estado de salud, que ya era frágil, tras los primeros meses de arresto, fue empeorando al negarse a ingerir algunos alimentos. En su certificado de defunción el médico de la cárcel consignó que el fallecimiento se había producido por una “Enterocolitis crónica”. Tenía 74 años de edad.
Los que si tuvieron que enfrentarse al tribunal fueron los acusados  Francisco Ortega, el ‘Moruno’,  el hombre que pagó por el asesinato y se bebió la sangre de la víctima; Agustina Rodríguez, cómplice del crimen,  y Julio Hernández, el ‘Tonto’, colaborador en el rapto y en la muerte del niño, que fueron condenados a la Pena de Muerte. Los dos primeros fueron ejecutados a garrote vil, el nueve de septiembre de 1913, mientras que el ‘Tonto’ consiguió que le conmutaran la pena máxima por la de cadena perpetua. El Rey Alfonso XIII firmó el indulto teniendo en cuenta los informes de los peritos médicos que no apreciaron el mismo grado de responsabilidad del indultado debido a sus manifiestas deficiencias psicológicas.
Tras ser ingresado en la vieja cárcel de la calle Real, Julio Hernández recibió las frecuentes visitas de los doctores, que se encerraban con él durante horas para someterlo a toda clase de preguntas y conversaciones. Querían averiguar si se trataba de una idiotez verdadera o fingida, fundamental a la hora del veredicto final del tribunal. El primer informe médico que estudió la conducta de el ‘Tonto’ fue elaborado por los prestigiosos doctores José Gómez Rosende, José Arigo Serrano y Eduardo Pérez Cano, que llegaron a la conclusión de que “Julio Hernández no es tonto”, como destacaron en el titular que encabezaba  su trabajo. Sostenían que “la conciencia de Julio se manifesta completa en sus signos psíquicos primordiales”, que “los sentimientos existen en su estado normal, predominando los de temor y remordimiento” y que “posee el grado suficiente para la distinción del mal o el bien”, que “sus instintos y sus hábitos no han sido ni malignos ni perniciosos”. El informe concluía diciendo que Julio no padecía ninguna de las formas de locura, ni era idiota ni era imbécil, que sus facultades intelectuales estaban debilitadas por la falta de educación y que su responsabilidad estaba atenuada por la posible inducción, “fácilmente asimilable en inteligencia inculta”.
El segundo informe médico fue elaborado por el forense Ramón Fernández Viruega, que titulaba su trabajo diciendo: “Julio Hernández es tonto”. Explicaba el médico que “Julio padece una locura por impotencia diagnosticada como semi-imbécil, que esta afectación la padece desde su infancia, que es completamente incurable y que por lo tanto, debe ser recluido para siempre en un manicomio”. Los datos en que se fundamentaba el diagnóstico eran: “Su impotencia absoluta para aprender nada de memoria, hasta el punto de no saber contar más que hasta seis, y eso ayudado con los dedos. Su carencia de educación y de instrucción. La forma en que ha cumplido en su trabajo, pues sin motivo alguno lo abandonaba para perseguir y cazar pájaros o para arrancar leña. Su cansancio en cuanto se le hace reflexionar en algo complicado. Su sonrisa nacida sin causa. Su indiferencia absoluta ante las más graves amenazas. Su afectividad, que se manifesta por amor a quien no le contradice y por acometividad a  quien le contradice, y por último, el hecho de ser embustero, embrollador, indiferente y necio”.
Hubo un tercer informe, ejecutado por el mismo médico de la cárcel, José López Ortiz, que fue el que convivió más de cerca con el recluso en los meses que estuvo encerrado. En su estudio, el médico llegó a la conclusión de que “Julio Hernández es un individuo con una inteligencia mediocre, con ligereza de mente, pero no creo que padezca ninguna afección mental pues su voluntad es enérgica, su sensibilidad es normal y sus sentimientos afectivos son también normales, no sucediendo lo mismo con los sentimientos morales y religiosos, que son casi nulos. Considero que Julio es un imbécil moral, no un loco, y por tanto su responsabilidad permanece íntegra”.
Julio el ‘Tonto’ se libró finalmente del patíbulo. Los médicos no llegaron a ponerse de acuerdo sobre su grado de deficiencia psíquica, pero sí coincidieron en su impotencia para discernir con claridad y en su supina incultura y falta de educación elemental.

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