La Voz de Almería

Días de cautiverio en el Ingenio

Al terminar la Guerra Civil la cárcel del Ingenio se llenó de presos políticos. Ya había servido de prisión en los tres años de la contienda.

 

Carta de una madre  al hijo detenido en el Ingenio. Era un drama la espera, el no saber en que terminaría.
Carta de una madre al hijo detenido en el Ingenio. Era un drama la espera, el no saber en que terminaría.

 

Al terminar la Guerra Civil la antigua fábrica de azúcar del barrio de Los Molinos se llenó de presos políticos relacionados con el bando que había salido derrotado. En las primeras semanas el chorro era interminable y las salas destinadas a prisión se llenaron de detenidos. En cualquier rincón y hasta en los pasillos se apiñaban los colchones tirados en el suelo.
Hacía frío allí dentro en una primavera recién estrenada. El viento se colaba por  las ventanas y por debajo de las puertas provocando una ola de enfriamientos que agravó la salud de muchos presos mal alimentados, sin condiciones higiénicas y sin la atención médica que hubieran necesitado.
Como escaseaba la ropa de abrigo eran los propios familiares de los reclusos los que les llevaban las mantas para poder pasar el trago de la madrugada. Todas las mañanas la carretera que iba desde Los Molinos al Ingenio se convertía en una caravana de tristeza, de miedo y de desesperación, formada por las madres y las esposas que iban a ver a sus seres  queridos.
En mi casa se  contaba la historia de mi tía Amalia, que todos los días, a las doce, se iba andando siguiendo el sendero de las vías del tren, cargada con el almuerzo para su marido que había sido detenido. Como ella, eran muchas las mujeres que peregrinaban hacia la cárcel con la esperanza del indulto y con el miedo de una condena mayor.
La angustia se maquillaba  con los pocos minutos de las visitas. Era un consuelo para las madres y para las esposas llegar a la cárcel y verlos con vida, intercambiar unas palabras, dejar un mensaje de esperanza aunque no tuviera ningún fundamento.
Una de aquellas pequeñas tragedias cotidianas quedó inmortalizada en las cartas que una madre enviaba todos los días a su hijo, preso en la cárcel del Ingenio.  En ellas iba reflejando la desesperación de cada instante, la impotencia de aquella mujer cuando recorría la ciudad para ir dos veces a la puerta de la cárcel con la esperanza inútil de ver a su hijo, aunque solo fuera de lejos.: “Todos los días voy dos veces a Los Molinos y no te puedes figurar la pena que me da ver que estás ahí y no puedo verte”, le contaba.
Son cartas envueltas en el amor profundo de una madre que no comprende el cautiverio y vive esperanzada en que pronto le llegue la libertad: “No te he escrito antes esperando a ver si llega el día de la salida”, le escribía a los pocos días de la detención.
“Esperanza dan mucha, pero van con mucha calma y yo quisiera que fuera corriendo porque tengo mucho disgusto porque deseo verte en casa”, le decía, para concluir con una frase en la que pone sobre el papel su corazón de madre: “Si tienes calcetines sucios, mándamelos”.
Estremece, al leerlas detenidamente, el énfasis que la mujer va poniendo en los pequeños detalles que pudieran parecer intrascendentes en medio de una tragedia de tanta magnitud. Son detalles propios de una madre, preocupada porque el hijo tenga siempre dispuesta una muda limpia y ropa para protegerse de las bajas temperaturas del invierno que llegaba:  “Ya hace frío por las mañanas. Dime si te mando el abrigo y si te compro una gorra negra, si te hacen falta alpargatas y si lo pantalones los tienes muy sucios o rotos para mandarte los otros mientras se lavan. Múdate y mándala enseguida. Ten cuidado que no se pierda la toalla de hoy”, le advertía, antes de finalizar expresándole su desolación: “Cuídate hijo mío. Cada día estoy con más disgusto y deseando darte un abrazo”.
En cada renglón va saliendo a flote también la lucha constante que los familiares protagonizaban en la retaguardia, tocando de puerta en puerta, recurriendo a amigos y conocidos que pudieran ayudarlos a demostrar que todo ha sido una confusión: “Estuve los otros días en la casa de Pepe y me dijo su cuñado que ya había hablado con el padre de Enrique y que Gaspar le ha dicho que no se va mientras no deje el asunto concluido. De manera que hay esperanza. Tú estate tranquilo”.
La correspondencia entre la madre y el hijo no sólo se hacía por cartas, sino también a través de un correo, un hombre alquilado que a cambio de unos duros se encargaba de llevarle la ropa y una cesta con alimentos los días festivos, después de sobornar a los guardianes de la prisión. Esta historia de amor y desesperación en los días posteriores a la Guerra Civil  tuvo un final feliz. Él joven preso salió en libertad unos meses después y pudo regresar a su casa y seguir compartiendo su vida junto a su luchadora madre.

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