La Voz de Almería

La Huerta de los Picos

La finca le dio nombre a la calle. Contaba con campos de labranza y grandes arboledas

 

El viejo cortijo de la Huerta de los Picos que dio nombre a la calle. Formó parte del barrio hasta los años sesenta, cuando fue derribado para construir un edificio moderno.
El viejo cortijo de la Huerta de los Picos que dio nombre a la calle. Formó parte del barrio hasta los años sesenta, cuando fue derribado para construir un edificio moderno.

 

Al cruzar la Rambla, paralela a la calle de la Estación, aparecía la antigua Carrera de Monserrat, que empezaba al atravesar el cauce y se perdía por los terrenos de la vega, al sur de la Huerta de Azcona. En el primer tramo del camino, en el margen derecho, existió un antiguo cortijo con sus campos de labranza y grandes arboledas, que era conocido como la Huerta de los Picos.
En las últimas décadas del siglo diecinueve, el lugar estaba habitado por don José Albentosa Pérez, terrateniente y concejal. El personaje gozaba de la fama de ser hombre honesto y generoso, que se había ido ganando a pulso con sus acciones. Tenía por costumbre, los domingos y fiestas de guardar, de recibir en su cortijo a un gran número de pobres de los llamados de solemnidad que desde primera hora de la mañana se instalaban a lo largo de la tapia de la finca esperando la hora en que los aparceros salían a repartir las limosnas que les concedía el propietario. Había pan para todos, verdura fresca y ropa usada para los niños. De regreso, cuando la comitiva de indigentes volvía a la ciudad, solía hacer una primera parada para probar la comida en un pilar de agua que existía a la entrada del callejón.  En 1889 otro rico propietario, el señor don Federico Bourt Entrena, edificó en los terrenos de su propiedad, contigua a la de los Picos, enfrente de una cochera que era propiedad de un personaje apodado el Vinatero, que era conocido en toda la manzana por sus continuos escándalos.
Lentamente, aquel tramo de la Carrera de Monserrat fue urbanizándose, siempre teniendo como referencia el viejo cortijo de la Huerta de los Picos, que acabó dándole su nombre a la calle. En los años veinte del siglo pasado, el lugar seguía siendo más vega y descampado que calle y los pocos vecinos que allí habitaban mantenían un pulso continuo con las autoridades por culpa del abandono de la zona.
El alumbrado era escaso: sólo había un farol de gas, que estaba colocado en la fachada de la Huerta de los Picos, por lo que en los recodos del camino, que eran abundantes, reinaban las sombras y los lugares peligrosos para los transeúntes. “Cuando se acerca la noche ni mujeres ni niños se atreven a venir a la ciudad por aquel camino, por miedo a ser asaltados por algún sátiro de los que como alma en pena rondan por la oscuridad esperando su oportunidad”, contaba la prensa de aquel tiempo.
En 1926, cuando se empezó a asfaltar la calle de la Estación, el ayuntamiento mandó adecentar la Carrera de los Picos para que el tránsito de vehículos que iba al centro de la ciudad se hiciera por allí mientras duraran las obras. El arreglo consistió en quitar algunas piedras que taponaban la circulación y en recubrir con tierra los socavones que amenazaban la integridad de los vehículos. Aquel escenario entre la Rambla y el Camino de Ronda, vivió siempre a la sombra de la calle de la Estación.
En la esquina principal de esta avenida, nada más cruzar el puente sobre el cauce, se había instalado en los años treinta la terraza del Tiro Nacional, un recinto que también formó parte de la historia de la Carrera de los Picos. La fachada principal se extendía por la Avenida de la Estación, pero tenía una puerta lateral hacia el sur por donde accedían los guardas que cuidaban el recinto, que daba a la Huerta de los Picos.
En los años cincuenta, cuando la Carrera de los Picos se fue poblando y empezaron a construirse nuevas viviendas, los afortunados que vivían en ese primer tramo que corría junto a la tapia del Tiro Nacional, podían ver gratis en verano las películas que proyectaban en su pantalla.
En 1955, la Carrera de los Picos contaba ya con cerca de noventa vecinos. Allí vivía Joaquín Bretones Miras, que trabajaba como representante de la casa Fagor; allí había construido su vivienda Carlos Sánchez Miras, un importante comerciante de la ciudad que tenía su tienda de comestibles en la calle de Paco Aquino. Vivía con su mujer, María Ortega Jiménez y con su hija María del Carmen. Otro vecino de la calle era Rafael Calatrava Contreras, que trabajaba de carpintero;  Joaquín Fluja Osorio, que arreglaba coches, y Federico Cañadas López, otro reconocido mecánico que tenía el taller junto a la fachada lateral del colegio de las Jesuitinas; en la entrada de la Carrera de los Picos vivía Celestina Sánchez, en una vivienda donde su marido, Nicolás Martín, había tenido una fábrica de secado de sal; enfrente estaba la célebre Huerta de los Picos con su chalet, que en aquel tiempo era propiedad de don Juan Tapioles Tapioles, destacado militar que en su juventud fue oficial del Regimiento de la Corona.
Por esa época se instaló en la calle el empleado de banca Juan López González, junto a su mujer Ana Núñez Callejón y sus cuatro hijos. Compraron una parte de lo que había sido antaño jardín del cortijo de los Picos y allí se construyó un chalé. Los niños de la familia, como todos los chiquillos de la calle, pudieron disfrutar de los espacios libres que abundaban por aquella manzana y supieron lo que era jugar en la misma plaza donde en los años cincuenta construyeron la estación de autobuses.

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