La Voz de Almería

Las historias del día de la inundación

El 11 de septiembre de 1891 pasó a formar parte de la memoria de la ciudad

 

 

Los barrios  próximos a la Rambla de Belén, sobre todo el Barrio Alto, sufrieron grandes destrozos por el ímpetu de las aguas en una ciudad que estaba pidiendo a gritos el encauzamiento de las ramblas que la recorrían.
Los barrios próximos a la Rambla de Belén, sobre todo el Barrio Alto, sufrieron grandes destrozos por el ímpetu de las aguas en una ciudad que estaba pidiendo a gritos el encauzamiento de las ramblas que la recorrían.

 

Mi abuela, María Vicente,  tenía ocho años cuando la gran inundación del once de septiembre de 1891. Ella vivió la tragedia y los detalles que cada historia fue dejando, contada de boca en boca hasta quedarse grabada en la memoria colectiva. La inundación pasó a formar parte de la vida de la gente dejando su huella en cada casa. Mi abuela siempre contaba el caso de una mujer de Viator, a la que llamaban ‘la tía Chota’, que estaba en Almería en aquel amanecer del viernes once de septiembre. Era cosaria y recovera y había venido a la ciudad a hacer algunos encargos de los cortijeros de su pueblo. En aquella época los recaderos madrugaban para coger la primera tartana a Almería y llegar a la hora de apertura de los comercios.

La ‘tía Chota’ llegó de noche. El cielo estaba tan oscuro que parecía  que nunca  iba a amanecer. Los nubes se alzaban sobre los cerros desafiantes, formando gigantescas montañas que hacían presagiar la gran tormenta. La recovera contaba que cuando el día empezó a despuntar una tromba de agua cubrió con un manto las calles, tan denso que apenas se veía a una distancia de veinte metros. Viendo la magnitud del aguacero y la fuerza con que el agua y el barro empezaba a bajar por las calles afluentes a la Puerta de Purchena, se refugió en un establecimiento de tejidos de la calle de las Tiendas, buscando seguridad.
Pero el agua arreciaba y en menos de una hora las calles se convirtieron en ríos. El torrente parecía imparable, invadiendo los pisos bajos y los primeros pisos de algunos edificios. La ‘tía Chota’ con otros vecinos se subieron al ático y ni allí pudieron librarse del azote de la corriente. Cuando al día siguiente llegó a Viator parecía que venía de una guerra, con el cuerpo morado y las ropas destrozadas.
Ella pudo contarlo y desde aquel día, los vecinos del pueblo solían llamarla por las noches para que al calor de las lumbres la recovera les contara todo lo que había vivido la mañana de la tragedia.
La inundación dejó su rastro en todas las calles de Almería y en cada familia. La gran tormenta del once de septiembre dejó malheridos a los barrios más humildes, donde las aguas anegaron las calles y el interior de las viviendas. En algunos comercios entró con tal fuerza que se llevó por delante el género de las estanterías que acabó siendo pasto de la corriente.
Al día siguiente de la riada, el alcalde de la ciudad, Francisco Jover y Tovar, propuso la formación de cuadrillas de obreros, con el jornal de dos pesetas diarias, “para sanear las muchas casas de los barrios de pobres y limpiar y arreglar las vías públicas que se encuentran intransitables”, quedó escrito en el acta de aquella sesión. El alcalde, tras comprobar que la caja municipal se encontraba sin fondos para atender el pago de estos jornales, se comprometió a abonarlos de su bolsillo, recuperando el dinero cuando la ciudad dispusiera de fondos.  La entrega y el desvelo de Francisco Jover, participando activamente en las labores de limpieza y ‘reconstrucción’, fue muy valorada, no sólo en la ciudad, sino también por el gobierno de la nación, que un año después le concedió la Gran Cruz de Isabel la Católica “en premio a los méritos contraídos y servicios prestados en días de luto para Almería”.
La ciudad  también supo reconocer el trabajo desinteresado de almerienses anónimos que llegaron a poner en juego sus vidas para salvar las de otros. Uno de los hechos que entonces se consideraron como heroicos, fue el ejecutado por las hijas de los hermanos López Rubio, llamadas Carmen y Rosa, que en los instantes de mayor peligro, cuando las calles eran ríos indomables y la muerte rondaba las casas, se vistieron con trajes de hombre y se arrojaron a los sitios de más peligro para socorrer a varias familias que se encontraban a punto de ser arrastradas por las aguas.

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