La Voz de Almería

El confitero del Once de Septiembre

Francisco García Medina (1870-1945) fue el fundador de la confitería, que nació en la Rambla de Alfareros

 

Francisco  García Medina posando sentado en una silla, junto a los operarios de la confitería. En la mano sostiene un ejemplar del diario El Popular, de ideas republicanas.
Francisco García Medina posando sentado en una silla, junto a los operarios de la confitería ‘El Once de Septiembre?. En la mano sostiene un ejemplar del diario El Popular, de ideas republicanas.

 

 

En una casa de la Rambla de Alfareros, con fachadas a la desaparecida Plaza de Echegaray, enfrente de la boca de entrada a la calle Marco, se estableció a finales del siglo diecinueve el joven empresario Francisco García Medina. Había llegado a la ciudad cuando tenía siete años, procedente de Gádor, su pueblo natal y llevaba el negocio metido en la sangre.
Tenía poco más de veinte años cuando se embarcó en la aventura de instalar un obrador y una bizcochería a pocos metros de la Puerta de Purchena, en pleno corazón de la Rambla de Alfareros, un escenario que en aquellos tiempos era un laberinto de calles y una colmena de gente, paso obligado para los vecinos que desde la zona norte de la ciudad: el Paseo de la Caridad y el barrio de Jaruga venían al centro. Todavía estaba latente en el sentimiento colectivo de la ciudad, la tristeza que dejó la gran inundación del once de septiembre de 1891. Solo habían pasado unas semanas de la desgracia y el joven emprendedor quiso rendirle un homenaje a todas aquellas gentes que habían sido víctimas de la riada, especialmente a sus vecinos más cercanos, a las familias de la zona de Alfareros y sus calles limítrofes, que habían vivido con especial crudeza la fuerza sobrenatural de las aguas. Para recordar para siempre aquel día de tanta amargura y en señal de acción de gracias por haber salido ileso de la catástrofe, bautizó su establecimiento con el nombre de ‘El Once de Septiembre’.
Francisco García Medina, además de un empresario emprendedor, era un personaje muy comprometido con la sociedad de su tiempo. Desde 1897 fue uno de los miembros de la comisión que el Partido Republicano de Almería organizó en cada distrito, manteniendo una constante batalla por las mejoras en su barrio.
La confitería del señor Medina no tardó en ser conocida en toda la ciudad y competir con los establecimientos más importantes que en aquellos años ya habían echado raíces en el centro. Eran los tiempos de la Dulce Alianza, que el empresario granadino Miguel Mateos Hernández había abierto en 1888 en un local de la calle de Sebastián Pérez (hoy Concepción Arenal). Eran también los mejores años de la confitería ‘La Sevillana’, de don Santiago Frías Lirola. Esta pastelería tenía dos sedes a finales del siglo diecinueve: la principal en  la Puerta de Purchena y una sucursal en la calle Real. Otras dos confiterías importantes de la época eran ‘La Palma Catalana’, en el Paseo del Príncipe, y la confitería del Malagueño, en la calle del Santo Cristo.
A pesar de la competencia, ‘El Once de septiembre’ pudo salir adelante gracias a la fuerza del barrio donde estaba ubicada. Era uno de los negocios importantes, una referencia para sus vecinos.
Todos los años, cuando llegaba la feria de agosto, Francisco García Medina era uno de los promotores de la célebre verbena del barrio de las Cruces, que llenaba de fiesta todo el distrito. Se llenaban  de luz la Rambla de Alfareros y las calles de las Cruces, Noria, Majadores y la Palma, y unos metros más arriba de la Puerta de Purchena, junto a la confitería ‘El Once de Septiembre’, se levantaba un artístico arco de follaje iluminado con un potente arco voltaico. En esos días los escaparates de la confitería eran también un espectáculo, decorados especialmente para la fiesta con motivos artísticos y con espléndidas luces que eran la atracción de grandes y pequeños. Era costumbre también, por aquel tiempo, que el señor Medina decorara su negocio en vísperas del día de San José, que entonces era una de las fechas señaladas  en rojo en el calendario de los confiteros.
La confitería era un negocio redondo y en vista del éxito, su propietario quiso dar el salto al centro para competir con la Sevillana y con la Dulce Alianza. El lugar elegido para abrir una sucursal fue la calle de Castelar, que en las primeras décadas del siglo veinte era un escenario de moda para el comercio por su proximidad al Paseo y por estar en el camino hacia el Mercado Central. La nueva ubicación acabó siendo definitiva y la familia al completo trasladó allí domicilio, estableciéndose en el piso alto.
Francisco García Medina estaba casado con la señora Ignacia Gómez Sánchez con la que había tenido cinco hijos: Amalia, Francisca, Elvira, Francisco y Carmen. El varón, como era habitual entonces, fue el encargado de seguir los pasos del padre y darle continuidad al establecimiento. Tras el fallecimiento del fundador, en 1945, fue su hijo, Francisco García Gómez, el que se puso al frente de la confitería. Don Paco, como todo el mundo lo conocía, supo sacar a flote el obrador en los tiempos de la posguerra cuando el azúcar se  convirtió en un artículo de lujo.

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