La Voz de Almería

Las cicatrices del bombardeo

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Las ciudades tienen cicatrices. Cicatrices cosidas por la historia con el paso del tiempo, pero cicatrices al fin. Cicatrices que a pesar de ser imperceptibles a la vista escriben el relato de cada ciudad. Uno de los hechos más insólitos del pasado reciente de Almería abrió heridas que ni ochenta años después han dejado de supurar. Heridas en carne viva que hablan de 31 muertos. Heridas mal curadas porque a pesar de haber sido tapadas han sufrido primero la negación y después el olvido.

El bombardeo nazi sobre Almería el 31 de mayo de 1937 es equiparable al de Guernica, ocurrido un mes antes. Como explica el historiador Antonio Gil Albarracín, ambos son “agresiones realizadas, en el marco de una guerra civil, por un ejército extranjero teóricamente neutral, en apoyo de uno de los bandos”. Sin embargo, mientras el vasco “se ha convertido en un hito de la brutalidad en la historia de la humanidad”, el andaluz, “que tuvo gran repercusión en su momento, ha quedado casi clandestino”. Entonces, ¿por qué el agravio? El imponente mural de Picasso pudo haber contribuido. La amnesia y la dejadez inherentes a la tierra del indalo, también.

Las cicatrices del ataque de la escuadra nazi siguen ahí. Sangrantes. Por ejemplo, en la antigua estación de tren. En Alcaldía, el antiguo Preventorio. En la entonces Escuela de Artes y Oficios, hoy IES Celia Viñas. En fachadas de casas de la plaza Virgen del Mar, el entorno del Mercado Central y los antiguos hoteles Simón e Inglés del Paseo, hoy desaparecidos. En la iglesia de San Sebastián. Y en el Banco Español de Crédito, el actual edificio Banesto de la Plaza del Educador, que protagonizó la imagen más icónica de aquel amanecer en que no salió el sol.

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En su 80º aniversario, Almería ha conmemorado este vil suceso con un puñado de propuestas que, como todo en esta provincia, se han visto salpicadas por la pelea política. El acto central debió ser el descubrimiento de una placa con el nombre de las víctimas; sin embargo, quedó deslucido al no verse lo suficiente por estar en el interior de los Refugios.

Recorrido 
Desde el Museo de Almería -con el historiador Juan Francisco Colomina como guía-, un sencillo itinerario por esos lugares heridos de muerte ha revivido el bombardeo. De hecho, lo revive aquí y ahora. Dentro de los márgenes de este texto, en este preciso instante, una veintena de personas se da cita en la antigua estación de tren. Allí no llegaron a caer proyectiles, pero su impacto sobre las vías rompió los cristaleras de la fachada.

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No es necesario llegar a la segunda parada de la ruta para que sus participantes se revelen como un grupo especial. Mientras Colomina cuenta el modo en que las bombas dañaron la zona frontal y semicircular del edificio donde ahora se levanta la Alcaldía, una mujer lo observa con nostalgia. Es Carmen Bernal. Trabajó como enfermera en el Preventorio Infantil del Niño Jesús en los 60. Cuando el estruendo del ataque no era más que un eco. Porque la vida siempre se abre paso. “Era un sitio con mucha vida donde enviaban a los niños que habían tenido cerca algún caso de tuberculosis para que se beneficiasen de las bondades del clima de Almería”, dice.

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El grupo avanza. Por momentos se dispersa. Decrece y crece. Hasta que vuelve a reunirse junto al instituto Celia Viñas, cuya fachada sur sufrió desperfectos. No en vano, asegura Colomina, “dicen que los días de lluvia todavía se aprecia un cerco en la parte superior de la esquina que mira al mar”.

Un hombre matiza, con educación, al guía. No sabe que no es sospechoso de ningún tipo de equidistancia. Al frente de la Asociación de la Memoria Democrática de Almería y estudioso del exilio, acaba de organizar las Jornadas ‘Reflexiones e historia del socialismo’. “También cayó un proyectil en el patio, solo que al ser tan temprano no había nadie”, retoma.

Sobre la hora a la que empezaron a caer las bombas aquel día de primavera, un dato que nos estremece: “Atacaron con las primeras luces del día para pillar la entrada al trabajo de funcionarios, panaderos, barrenderos y así paralizar la ciudad; al mismo tiempo, sembraron el pánico entre los que aún dormían”. Lo desvela ya en la Plaza Marqués de Heredia, junto al quiosco que tapa el acceso a los Refugios, cuya construcción se aceleró a raíz del incidente.

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El 31. El 31 es clave en esta historia. Por la fecha, ocurrió un 31 de mayo. Por el número de víctimas mortales, 31. Y porque el suceso que desencadenó la decisión de Hitler de atacarnos, el bombardeo del barco alemán Deustchland, registró esos mismos fallecidos por una macabra coincidencia.

En la Plaza del Educador, pasado y presente se superponen: la fotografía de la fachada semiderruida del Banco Español de Crédito y su aspecto actual. En el Mercado Central, a ese contraste temporal se suma el relato de las dos bombas que aparecieron cuando se reformó -una se expone en los Museos de Terque-; quién sabe si habrá más en alguna parte de la ciudad. En la iglesia de San Sebastián mueren nuestros pasos con un poema de Neruda que habla de “un plato de sangre de Almería”.

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