La Voz de Almería

Sergio del Molino: “Si no pasa nada raro, la tradición rural desaparecerá de la literatura y del arte”

Sergio del Molino en una imagen de archivo durante una entrevista. Magdalena Siedlecki

Irrumpió en la literatura en 2009 y el periodista y escritor Sergio del Molino (Madrid, 1979) es uno de los autores del momento. Su ensayo La España vacía (Turner) ha sido considerado el mejor libro de 2016 para la prensa y el Gremio de Libreros de Madrid. Con más de 60.000 lectores, se trata de todo un fenómeno editorial que ha vuelto a poner sobre la mesa los problemas de una España interior terriblemente despoblada. Mañana viernes 28 de abril lo presenta, a las 20 horas, en la Plaza de la Catedral, en el marco de la Feria del Libro de Almería.

Al principio del libro, analiza las causas históricas que llevaron al despoblamiento del interior del país y señala a Franco como uno de los responsables del éxodo rural con su política de pantanos. Sin embargo, en sus intervenciones públicas alababa el espíritu campesino. ¿A qué atribuye esta actitud hipócrita?
La atribuyo a lo que se atribuye a todos los tiranos: oportunismo político. Nunca hubo por parte del franquismo un verdadero deseo por sostener o alentar al campesinado castellano. Lo único que quería era hacer una utilización política con una retórica nacionalista. Resulta paradójico, pero coherente con su proyecto.

Pero el franquismo no fue la causa de la despoblación. Esto es un fenómeno universal de todos los países desarrollados, ahora mismo lo estamos viendo en China. Lo que pasa es que el hecho de que se produjese bajo una dictadura hizo que fuese mucho más grave porque la sociedad civil no fue capaz de responder. No se plantearon alternativas, ni medidas paliativas que pudieran hacerlo más llevadero. Fue un acelerador, un elemento incendiario muy poderoso que permite que yo hable en el libro del Gran Trauma.

El vaciamiento de la España celtibérica trajo, años después, una nostalgia de nuestros pueblos que explica el éxito que en 1988 tuvo La lluvia amarilla de Julio Llamazares. ¿No ha sido ese sentimiento lo suficientemente fuerte como para que se presione de cara a que este asunto entre en la agenda de los políticos?
Evidentemente hay una nostalgia, un sentimiento de desarraigo asociado a la experiencia migratoria, al hecho de arrancarse de un lugar. El sentimiento de pérdida perdura varias generaciones y es normal. El problema es que estas personas se han visto impelidas a abandonar ese lugar no por un sentimiento voluntario de explorar, sino porque no podían vivir ahí o la vida en la costa o en la ciudad ofrecía mejores oportunidades.

¿Que la política no ha hecho nada? Efectivamente, porque las dinámicas económicas del país han llevado a que se concentre la población así, a descuidar unos lugares que no tenían tejido económico ni futuro. Y el Estado español siempre ha sido débil. Aunque hubiese tenido voluntad, no tenía capacidad para hacer gran cosa. Hoy por hoy, el problema ya es tan estructural que está por encima de cualquier acción política. Da igual lo que hagamos porque esas zonas no se van a recuperar, y si se recuperan va a ser por algo ajeno. Es muy difícil que se revierta.

Hay un capítulo en el que a propósito del crimen de Fago habla de la convivencia a veces imposible en el campo. A veces asociamos la crónica negra al medio rural, usted expone el crimen de Níjar que inspiró a Lorca Bodas de sangre como ejemplo. ¿El aburrimiento es caldo de cultivo para la violencia o estamos ante un prejuicio?
Es un prejuicio absoluto y la prueba es que la estadística de crímenes es homogénea en el campo y en la ciudad. No hay nada que indique que las zonas rurales sean más violentas ni al revés. Es un prejuicio que tiene que ver con la idea que nos hemos hecho de cómo es la vida en una comunidad remota aislada, idea que está tomada de películas y relatos a los que Lorca ha contribuido con sus dramas. La teoría del aburrimiento es un intento de justificar científicamente esos prejuicios. Si fuera verdad, habría miles de alcaldes muertos como el de Fago. Y lo cierto es que es algo excepcional, por eso es noticia.

Tú vas por Extremadura, ves la señal de Puerto Hurraco y la asocias a los hermanos Izquierdo. El pueblo ya no se va a quitar esa imagen aunque vea nacer a diez premios Nobel de Medicina. Va a ser conocido como el pueblo del crimen y eso no ocurre en las grandes ciudades. Hoy mismo he pasado por Atocha, el escenario de una de las grandes masacres de la historia de España. Las miles de personas que pasan por allí a diario no dedican sus pensamientos al atentado, pero en los pueblos esa huella permanece y ese estigma impide a esas comunidades ser otra cosa. Y crea una sombra negra de la que en parte somos responsables los medios.

En el ensayo reflexiona sobre las personas que eligen, por decisión propia, vivir en los márgenes, en los pueblos, ajenos a la globalización. ¿Provoca esta sociedad cierta necesidad de vivir al margen para conectar con lo auténtico de la vida?
En todas las épocas ha habido gente que deseaba vivir en los márgenes. Lo que me interesa en el libro es explorar cuáles son las razones para vivir así en un mundo tan homogéneo, en el que todos vestimos iguales y hablamos igual. Hay dos tipologías: los que se apartan de forma deliberada y los que están atrapados. Las personas que de verdad me interesan son las que deciden omitirse del discurso en una sociedad en la que todos desean figurar.

En La España vacía aborda cómo la Institución Libre de Enseñanza hacía país a través de su programa de excursiones, del peregrinaje a la naturaleza. ¿Estaría la España vacía menos vacía o, al menos, la tendríamos más en cuenta si la institución de Giner de los Ríos hubiese funcionado más tiempo?
No creo que fuera determinante. Es verdad que el hecho de que el proyecto de las misiones se interrumpiera con el franquismo fue dramático para la cultura española porque era renovador, pero no creo que hubiese tenido capacidad de revertir nada. Sí tenía capacidad para tender puentes con una cultura rural que ya entonces languidecía.

Muchos pueblos recurren al pasado, a sus leyendas, a sus vecinos ilustres, para atraer el turismo. ¿Pasa por ahí su futuro?
Hay un tecnicismo que usan los geógrafos, la espiral de declive rural, que dice que en cuanto una comarca entra en ella es imposible salir. Lo que planteo en el libro es que se ha jugado esa baza como una especie de maná o de ¡Bienvenido, Mister Marshall!. Como la promesa de un turismo que nunca se ha cumplido y que cuando ha funcionado ha sido minoritario.

La Administración debe asumir la realidad demográfica y el reto de atender a esos lugares tan aislados, de modo que sus ciudadanos reciban la misma atención que cualquier otro. Se usan estas promesas como cortinas de humor o formas de dilatar el debate real.

Al final del libro se detiene en esa tendencia del arte de explorar los orígenes familiares y geográficos: programas como Muchachada Nui, cineastas como Paula Ortiz y escritores como Jesús Carrasco conectan con generaciones que todavía vienen de un pueblo o han conocido el pueblo de sus abuelos, pero eso se va a perder. ¿Estamos condenados a quedarnos huérfanos en un mundo sin tradición y sin mitología familiar?
Tiene lógica pensarlo porque muchos de ellos lo que estamos haciendo -y me incluyo- es reconstruir una mitología rural que no hemos conocido. Sin embargo, la generación anterior -Julio Llamazares, José Luis Cuerda- evocan algo que vivieron. Son pueblos que han conocido y que reinventan. Nosotros hacemos reinvenciones a partir de reinvenciones porque ya hay una distancia muy grande. En la generación siguiente ya van a recrear lo recreado de lo recreado, con lo cual es posible que, si no pasa nada raro, esa tradición desaparezca del imaginario, de la literatura y del arte. Estamos asistiendo a las últimas recreaciones de la tradición rural, hay que aprovechar.

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