La Voz de Almería

Lecturas que me han hecho feliz

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Invierno
Empecé mi año lector con fuerza, enfrentándome a En la orilla (Anagrama, 2013) de Rafael Chirbes. Una novela acerca de los problemas de nuestro tiempo -en especial la soledad- escrita con maestría, pero cuya crudeza no la hace recomendable para momentos de pesimismo, sobre todo si estamos agotados de leer titulares sobre las consecuencias de la crisis. Acercarse a este autor es necesario, aunque mejor hacerlo en un estado de cierto optimismo.

Necesitaba evadirme y lo hice viajando al siglo III a. C. con Arquímedes está en el tejado (Baile del Sol, 2015) de Juan Pardo Vidal. Una novela histórica nada convencional que, aunque a primera vista pueda parecer algo árida -se ambienta en el sitio a Siracusa por parte de los romanos-, es absolutamente divertida y de lectura fugaz. Realmente te atrapa. Sí, tengo debilidad por este autor almeriense y su original forma de narrar (la trama está contada en presente).

Atraída por lo que me fascinó True detective (hablo de la primera temporada), me sumergí en Galveston (Salamandra, 2014), novela negra negrísima del creador de la serie, Nic Pizzolatto. La historia se lee rápido, pero no conseguí entrar en ella y eso que reunía todo los ingredientes: protagonista atormentado, atmósfera asfixiante de la América profunda (mucho motel de carretera), crimen y huida.

Primavera
Uno de mis grandes hallazgos de 2016 fue El bar de las grandes esperanzas (Duomo, 2015) de J.R. Moehringer, premio Pulitzer por Open. Unas memorias noveladas en las que este periodista metido a escritor relata el viaje de su vida con una emoción desbordante. Una vida marcada por la ausencia de su padre que gira en torno a la barra de un bar y a la casa desvencijada de sus abuelos, donde se forja su personalidad. Hay algunos pasajes, como el que narra la primera vez que visita la que será su universidad, en los que es imposible contener las lágrimas. Confieso que mi vocación periodística tiene mucho que ver en lo que me llegó este libro.

Los amores oscuros (Planeta, 2012), de Manuel Francisco Reina, recupera la historia del que presuntamente fue el último amor de Federico García Lorca y la razón por la que éste no dejó España y, como consecuencia, fue asesinado en los primeros días de la Guerra Civil. Se trata de Juan Ramírez de Lucas. Narrada en primera persona, es una ficción construida a partir del testimonio de este hombre que acabó sus días siendo columnista del diario ABC. Sin entrar en si fue o no el último amante del autor de Romancero gitano (hay versiones que sostienen que fue un torero), refleja muy bien el ambiente de ese Madrid previo a la contienda, entre la efervescencia cultural y las amenazas de represión. Y hace justicia a Las Sinsombrero, esas pensadoras y artistas españolas de la Generación del 27 caídas en el olvido.

Con Fin de poema (Alrevés, 2015), de Juan Tallón, el calor empezó a asomarse a mis tardes-noches de lectura. El libro se detiene en los instantes previos al suicidio de cuatro poetas: Cesare Pavese, Alejandra Pizarnik, Anne Sexton y Gabriel Ferrater. Ordenado a modo de pequeños textos cruzados, resulta inquietante porque no pone el foco en el hecho violento como tal, más bien en las razones que llevan a él. Me gustó, creo que Juan Tallón es el periodista que mejor escribe en este momento en España y, a pesar de ello, prefiero sus columnas. Por eso siempre tengo en la mesa de noche Mientras haya bares (Círculo de Tiza, 2016), una recopilación de artículos que me fascina y, a la vez, me hace odiarlo por tener tantísimo talento.

Verano
Todo lo posible 
(Planeta, 2016), de la almeriense Carmen Pacheco, ya sí que sí me hizo tirarme de cabeza a la refrescante piscina que es el verano. Esta novela tiene dos partes bien diferenciadas. La primera, en la que cuenta las preocupaciones de la autora de una popular saga de vampiros que sueña con escribir un gran libro. Y la segunda, donde se desencadena un thriller que te engancha. Conclusiones: la historia va a más (no se os ocurra abandonarla a la mitad), su protagonista, Blanca, comparte sentido del humor con Carmen (a la que podéis seguir en su blog, en su divertido consultorio, en las redes sociales…) y el final es mágico magiquísimo (yo lloré y volví a creer en los mensajes en una botella).

Cosas que brillan cuando están rotas (Círculo de Tiza, 2016), de Nuria Labari, fue el libro con el que empecé mis vacaciones de agosto. Me lo bebí en tres ratos de supuesta siesta y dos noches simulando que me iba pronto a la cama y es otro de esos títulos que no me cansaré de recomendar. Estamos ante una ficción basada en la experiencia de su autora, que es periodista, cubriendo el 11M. A la terrible tarea de tener que informar de la barbarie terrorista, se suma la precaria estabilidad emocional de la protagonista, que se plantea si su relación sentimental y su vida tienen sentido. Olvidad cualquier idea preconcebida que podáis tener sobre seguir leyendo acerca de este atentado, este libro no es nada parecido. Es el relato, escrito con suma delicadeza, de lo que ocurrió a través de la mirada de una periodista que duda, pero que ante todo es humana.

Sí, yo tuve la suerte de leer La tumba del nadador (Cuadernos de Metáfora, 2016), de Juan Pardo Vidal (sí, otra vez salió Pardo Vidal), antes que vosotros. El primer relato de este libro es una pequeña joya que toca el corazón y, además, es gracioso. ¿Qué más se puede pedir? (Ya no me pongo más pesada con él).

Si en Instrumental (Blackie Books, 2015) el concertista de piano James Rhodes cuenta cómo la música clásica lo salvó de una infancia de abusos, a mí su libro me salvó del septiembre más aciago de toda mi vida. ¿Es duro? Sí. ¿Tenéis que leerlo? Por supuesto. En mi opinión, la gran aportación de esta obra no es sólo su testimonio, sino el modo en que lo cuenta organizado a través de pequeños capítulos precedidos de la recomendación de una pieza de música clásica que incluye la explicación de en qué contexto fue escrita por sus compositores. Ya no escucharéis a Bach, Chopin o Beethoven de la misma manera.

Otoño
Puesta a ser valiente, me atreví con ese libro que alguien me había dicho que sería demasiado duro para mí (nunca hagáis caso de estas cosas, hay que ponerse a prueba): 2666 (Anagrama, 2004) de Roberto Bolaño. ¿Qué decir de esta novela-catedral que no se haya dicho ya? Diré que de sus cinco partes, que el chileno tenía intención de editar por separado se cree que para beneficiar a sus hijos (él estaba ya al final de su vida, de hecho, murió sin darla totalmente por terminada), me quedo con la primera y la última. La primera es casi una comedia libresca que cuenta las pesquisas de un grupo de críticos para descubrir qué ha sido de su idolatrado Archimboldi, escritor esquivo que nadie ha visto desde la juventud. La última narra precisamente la vida de Archimboldi, una vida que permite viajar al lector por la historia europea del siglo XX y hace encajar todas las piezas. Entre medias, no puedo pasar por alto la parte de los crímenes en la ciudad mexicana de Santa Teresa (Ciudad Juárez), crímenes de mujeres que ocurren de forma sistemática ante las narices de una policía inepta y con la complicidad de una sociedad viciada. Creo que no me perdonaré nunca haber tardado tanto en leer esta novela.

¿Y después de Bolaño qué? Después de Bolaño, Amigos para siempre, la tercera entrega de las memorias de Rosa Regàs (Now Books, 2016), una mujer adelantada a su tiempo y con una mente prodigiosa que ha sido testigo de los grandes cambios de este país y que, en este caso, aborda su etapa como madre universitaria rodeada de algunos de los que luego serían los grandes nombres de la cultura española.

Después de Bolaño, La sed (Lunwerg, Planeta, 2016) de Paula Bonet, un libro ilustrado o libro de artista en el que las bellas creaciones de la joven quedan envueltas por pequeños textos que, en forma de pinceladas de diarios escritos por diferentes mujeres, suponen una reflexión sobre la duración del amor o la soledad. Una obra triste, muy triste, y hermosa.

Invierno
Después de Bolaño, Entre malvados (Páginas de Espuma, 2016) de otro escritor almeriense, Miguel Ángel Muñoz, que disecciona algunas representaciones de la maldad con su pulso de narrador-relojero. Un libro de relatos que invita a la relectura y del que espero hablaros en mi próximo post.

Y después de Bolaño, al fin, Los abismos (Expediciones Polares, 2016) de Iban Petit. La novela con la que he despedido el año y a la que me acerqué con unas altísimas expectativas. El modo delicadísimo de escribir de Petit las cumplieron con creces, quizá le faltó sorprenderme un poco para encender la chispa que me hiciese arder en el incendio de este libro, que es lo que yo le pido a la literatura. Es, en cualquier caso, una bonita historia sobre mujeres escritoras con un final emocionante.

Epílogo de invierno
Anoche terminé entre lágrimas La casa de los veinte mil libros (Periférica, 2016) de Sasha Abramsky. El ensayo inaugura un nuevo género literario (o eso dicen), el dedicado a los abuelos, del que me declaro fan absoluta y que no descarto cultivar. Es un homenaje al del autor, Chimen Abramsky, y a la biblioteca que creó a lo largo de toda una vida en su casa de Londres: una de las más importantes del mundo en temas de marxismo y cultura judía (los dos asuntos que marcaron la existencia de este erudito de las rarezas literarias que llegó a trabajar para Sotheby’s e impartió conferencias en muchos países). Plagado de citas y de partes más históricas que en ocasionen entorpecen algo la lectura, al final lo sentimental se abre paso en ese hogar que es algo más que un personaje, es una extensión de su propio protagonista y de los numerosos intelectuales que debatieron, comieron y bebieron hasta la extenuación en miles de tertulias al calor del conocimiento y de la palabra escrita.

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