La Voz de Almería

El día que Rosa Regàs se escapó en una Harley a Cabo de Gata

Rosa Regas

De la ventana de una de las casitas adosadas a la montaña emergió la cabeza de una mujer. Una mujer con la cabeza cubierta, pongamos que con un pañuelo negro, apartó la cortina que ocultaba la calle asustada por un ruido atronador. Al otro lado, en lo que ni siquiera era un camino, sino más bien una rambla, otra mujer, una joven de 22 años, pasó subida en una Harley Davidson dejando  una nube de polvo. Fueron sólo unos instantes, los suficientes para que ambas se preguntasen dónde acabaría el mundo de la otra.

La casita de la que emergió la cabeza estaba en Cabo de Gata. La joven que conducía la moto era Rosa Regàs. Y la Harley la había ganado en una apuesta porque fue capaz de bajar el Montblanc tras aprender a esquiar en un tiempo récord.

Visto desde hoy, puede parecer casi normal que una mujer adelantada a su tiempo como la autora barcelonesa (que tiene en su haber los premios Nadal y Planeta, que ha dirigido la Biblioteca Nacional y que ha escrito una veintena de títulos aunque el primero lo publicó a los 57) se atreviera a poner rumbo a Almería en la plenitud de sus veinte años. El episodio cobra, sin embargo, la categoría de hazaña si se tiene en cuenta que ocurrió en los 60 y que vino sola y en secreto, a espaldas de su familia, que desconocía hasta el hecho de que tenía una moto.

“Recuerdo ese viaje como algo muy bonito, duró varios días; realmente no había nadie, solamente aquella mujer. He vuelto al cabo de los años y Cabo de Gata es otro mundo”, señala Rosa Regàs en una entrevista a LA VOZ.

Esa excursión al sur en la que se vieron las caras el pasado y el futuro, el atraso y el progreso, constituye un buen ejemplo de las pequeñas y las grandes decisiones que hicieron de Regàs lo que hoy es. Las decisiones que la alejaron para siempre de lo que se consideraba “lo normal para una mujer” y que cuenta en Amigos para siempre (Now Books), tercera parte de sus memorias que se presentaron el pasado mes de octubre en la Biblioteca Villaespesa de Almería de la mano del Centro Andaluz de las Letras (CAL).

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Un hito
El título -al que Regàs prefiere llamar “sucesión de recuerdos” en vez de memorias y que sigue la estela de Entre el desvarío y el sentido común y Una larga adolescencia– se centra en la década de los 60 y cuenta cómo una Rosa casada y con hijos entra en la universidad, todo un hito para una mujer de su tiempo. “Tenía 22 años y estaba llena de energía y curiosidad. Tenía que estar en casa cuidando a los niños, pero eso no era lo único que quería hacer,  me generaba insatisfacción”, confiesa.

Ese paso al frente y el terror que le causaba comunicar a su entorno que iba a matricularse en la universidad acabaron por despertar a la feminista que llevaba dentro. “Me decía: ‘Tengo que pedir permiso y perdón por lo que estoy haciendo porque soy una mujer, si fuera un hombre no pasaría nada’. Además, me di cuenta de que nadie me iba a ayudar y tenía que hacerlo todo bien. Las cosas han cambiado, pero siguen siendo un poco así”, reflexiona.

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En esa etapa se forjó también el compromiso político de la autora de Azul y La canción de Dorotea. Fue Manuel Vázquez Montalbán quien inoculó en ella la necesidad de posicionarse del lado de los más desfavorecidos durante una conferencia sobre el asesinato de Lumumba,  líder anticolonialista del Congo. “Las malas lenguas decían que había sido Estados Unidos y las buenas lenguas también. Cuando no interesa una persona, el poder se lo carga; lo hemos visto hace unos días en el PSOE. Me di cuenta de que aquello estaba relacionado con el poder en el mundo, no solamente con el Congo, también con Vietnam y con todas partes”, asegura.

Ilustres
Vázquez Montalbán fue sólo uno de los intelectuales con los que Rosa Regàs entró en contacto los años de la universidad y a los que alude el título Amigos para siempre. Guillermo Cabrera Infante, Salvador Dalí, Ángel González, Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral y Miguel Barceló dejaron su poso en ella desde el punto de vista estético, moral, profesional o político.

A juzgar por esos nombres, Barcelona parecía entonces el centro del mundo y, según la autora, lo era. “No éramos mejores, pero estábamos recibiendo los coletazos de lo que se fraguaba en Estados Unidos con el final de la Guerra del Vietnam y todo aquello de haz el amor y no la guerra, algo que interpretamos a nuestra manera, como en Madrid y en Andalucía, lo que pasa es que aquí hubo una serie de personas que nos reuníamos y empezamos a salir en los periódicos. En estos movimientos sociales, intervienen mucho los medios”, argumenta.

Anécdotas como las sobrasada parties que organizaba Barceló en sus regresos de Mallorca -donde se empezaba leyendo poemas y se acababa discutiendo hasta el paroxismo- o la proyección de El acorazado Potemkin, entonces prohibida en España -en la que amigos y conocidos de la escritora ocuparon su casa-, constituían pequeños actos de rebeldía. Forman parte de la intrahistoria de un tardofranquismo que, por supuesto, fue un periodo oscuro. “Cuento las cosas bonitas, pero incluso en su final, la dictatura fue un verdadero horror. A Manolo Vázquez y a otros los detuvieron por ir a una manifestación  y yo recibí un par de hostias bien dadas en comisaría”.

“Somos un pueblo que se ha conformado”
Amigos para siempre, el libro de memorias de Rosa Regàs, transcurre durante el tardofranquismo. Una etapa de la que, según la autora, los jóvenes de hoy no saben nada. “La dictadura nos dejó dos grandes estigmas: uno es no hablar nunca del pasado y creer que hacerlo es una ridiculez; en las escuelas no se llega nunca al siglo XX y los niños de hoy no saben siquiera quién era Franco”.

El otro estigma es la conformidad. “Somos un pueblo entero que se ha conformado con su destino y que no protesta. Los recortes que hemos tenido en sanidad y educación ¿a quiénes han sacado a la calle? Cuando piensas que Francia por querer cambiar la ley del trabajo movilizó a sus ciudadanos… Parece que tenía razón Kapuściński cuando decía que un país que ha estado en dictadura necesita cien años para volver a la normalidad. Y a nosotros aún nos quedan muchos”, sentencia la escritora.

Este artículo se publicó el pasado 5 de octubre en LA VOZ.

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