La Voz de Almería

El Quijote es para el verano

Me leí el Quijote en mi primer verano en la nueva casa. Tendría unos quince años. Hasta entonces mis vacaciones estivales habían transcurrido en el viejo hogar de mi vieja abuela, me atrevo a decir que casi una mansión venida a menos donde el miedo te acechaba en todas las esquinas. El miedo y también las aventuras propias de la niñez: las cabañas construidas en lugares prohibidos, las excursiones a fuentes que entonces se antojaban lejanas, las carreras en bicicleta que terminaban con la barbilla hinchada y cicatrices en las rodillas, las reuniones del club en la furgoneta amarilla o las visitas al cementerio de animales imaginario.

Mis días en la casa nueva empezaron con buen pie gracias a la literatura (ni una amago de aparición al final de la escalera pudo torcer aquel principio). Mis padres, mi hermana y yo dormimos allí por primera vez una Semana Santa, la Semana Santa en la que reí y lloré con Cien años de soledad y decidí que mi vida tenía que discurrir negro sobre blanco entre letras impresas.

A la obra maestra de Gabriel García Márquez le siguió la primera novela moderna, Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. Como decía, era verano. Y no un verano cualquiera. Recuerdo estar enfrascada en uno de los dos tomos de aquella edición que todavía conserva mi padre y escuchar cómo venían de la calle los ecos de una adolescencia que yo no tenía ninguna prisa por inaugurar. Sentía cierta curiosidad, para qué engañarnos, pero al mismo tiempo era feliz con las disparatadas andanzas de aquel hidalgo. Ese fue el último verano en que antepuse los libros a vivir (¿acaso los libros no son otra forma de vivir?) hasta muchos años después, cuando creo que he vuelto a hacerlo.

En aquella casa a la que vuelvo en los momentos verdaderamente importantes y con aquellos libros que no tienen nada que envidiarle a la vida misma, se forjó mi personalidad lectora. Por eso pienso que el Quijote es para el verano. Para el verano y para las cuatro estaciones del año, pero ninguna como la estival para entregarte a él como merece: para pelear con los molinos de viento, para desesperarte con sus erráticas decisiones, para gritarle desde el sillón que escuche a Sancho, para compadecerte de él y de su locura y para comprender que no hay más lucidez que su falta de juicio.

Al final de aquel verano consagrado a la lectura de la novela de Cervantes, cuando logré asomarme al abismo de la última página, descubrí un error imperdonable: aquel segundo tomo no terminaba con el final libro, aquella edición de la obra estaba incompleta, inconclusa. Todavía recuerdo mi rabia inicial al comprobarlo, una rabia que dio paso a un ataque de risa por lo ridículo de la situación. Cientos de páginas entre pecho y espalda quedaban en suspenso al menos hasta que acabasen las vacaciones y pudiese conseguir otro ejemplar. Me lo tenía bien merecido. Eso por no tomarme en serio a don Alonso Quijano.

Aquí os dejo una selección de los textos y las ilustraciones que publicamos en LA VOZ con motivo del Día Internacional del Libro para recordar el cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, que se conmemora este 2016. Seguid leyendo, encontraréis a algunos de los mejores de Almería.

 

El fondo del vaso

Juan Manuel Gil

Alonso, con su indescifrable debilidad, cerró la ventana y puso el aire acondicionado al máximo. Aun así el calor del mediodía y el ruido de la verbena se colaban en el desorden de su salón. Se echó en el nuevo sillón reclinable, escuchó respetuosamente el suspiro de su hernia discal y dio un largo trago al gin-tonic que se había preparado hacía apenas un minuto. A pesar de todo, se sentía bien allí. De hecho, siempre acababa sintiéndose bien allí. Así que comenzó a barrer con la mirada esa robusta biblioteca que había ido construyendo con el paso de los años y de los ojos. De izquierda a derecha. O libro a libro. Hasta que llegó al anaquel en el que se hospedaban con cierta comodidad sólo cuatro volúmenes. El Quijote, Moby Dick, El proceso y Ficciones. Sonrió entre dientes, se embuchó de un único trago lo que quedaba en el vaso y, aprovechando el hielo, volvió a servirse un generoso chorro de ginebra de la botella que tenía a sus pies. Así que lo hizo de nuevo. De izquierda a derecha. O libro a libro. Hasta que llegó al anaquel en el que se hospedaban esos volúmenes. El Quijote, Moby Dick y El proceso. Esta vez la ginebra entró en su cuerpo sin apenas dejar en la garganta la luz del alcohol. Su aliento se espesó como les ocurre a los secretos con el tiempo. Agarró la botella y la tumbó hasta cubrir el primer hielo del vaso. Y otra vez de izquierda a derecha. O libro a libro. Hasta que llegó al anaquel. El Quijote y Moby Dick. Y, como era de esperar, dio uno de esos tragos que casi te hacen vivir o dormir para siempre. Sin apenas hielo, la ginebra, en su caída, se confundió con el cristal. Y de izquierda a derecha. O libro a libro. Hasta el anaquel. Y allí el Quijote. Y dentro de él, o en el fondo del vaso, quién sabe, el resto de libros que llegaron y que aún estaban por llegar.

 

Antonio Lorente
Antonio Lorente

 

Odiado Cervantes

Miguel Ángel Muñoz

Cuando entrevisté a Vila-Matas, alabó la idea del odiador: “El odiador me hace un favor al librarme de mi voz propia. La simple idea de que al odiador le voy a sacar de quicio me estimula de forma grandiosa, me ayuda a seguir adelante, a seguir creando”. Cervantes encontró odiadores a cada paso, al doblar muchas de las sucias esquinas de su época. Fue apresado, calumniado y envidiado, que es la forma literaria que el odiador utiliza para repartir sus punzadas de florete. Lope de Vega quiso lo peor para Cervantes, pero tampoco el manco se quedó mudo. En un entremés, un personaje decía de unas glosas que “me han sonado tan bien, que me parecen de Lope como lo son todas las cosas que son o parecen buenas”. Si Cervantes no hubiera tenido noticia del Quijote de Avellaneda, promovido por el comediante, al decir de tantos, quizás se habría abstenido de escribir la segunda parte del Quijote y, de paso, otros habrían inventado la novela moderna. “¡Que inventen ellos!”, proclamaba Miguel de Unamuno, cuyo rostro era Cervantes con gafas. También escribió que el Quijote era “un poema inmenso”. Para gloria de la novela, entonces nos tocó inventar a nosotros. Según Thomas Mann, si Cervantes escribió el segundo Quijote fue porque había vivido “la chapuza que se pretendía continuación de su obra”. Esa es la clave. Cervantes inventó porque se rebeló contra la chapuza de Avellaneda, y la sublimó en forma de hallazgo.

Alcabalero como fue -por ello sufrió, otra vez, presidio-, Cervantes conoció en profundidad las miserias de la España de su época. Aguantó a una legión de mediocres y odiadores. Tuvo, metaliterario, que escribirse sus propios prólogos porque los temerosos de Lope se negaron a hacerlo. Testimonió las mascaradas de aquella España paralizada y enfangada, la España que, como hoy, alternaba la humorada bronca y el llanto. Y a recorrer aquellas tierras puso a un caballero noble y digno, que movía al palo y a la burla, pero que no tenía odiadores. Así, el Quijote se ahorró lo que para Cervantes fue el aguijón de su invento.

 

Vale

Juan Pardo Vidal

Supón. Imagínate un tipo que tiene un sexto sentido, el del humor, parece un poco socarrón, tiene los cabellos y la barba cenicientos, amplia frente y nariz aguileña. Viste de negro y en el cuello luce una gola, ha estado preso, parece aburrido, es un poco tartamudo y tal vez tenga un blefaroespasmo, guiña los ojos sin control, está molesto porque nadie le ha escrito unos poemas de alabanza que precedan su obra y se los ha tenido que escribir él mismo, ese tipo al que llaman “El manco de Lepanto” no es manco, pero de su hombro izquierdo pende una extremidad tan inútil como una morcilla que no te puedes comer, su padre había sido cirujano, podría habérsela amputado pero la lleva colgada, el brazo está paralizado en sus nervios, como la manga doblada de una blusa, da mala leche, jode. Diga lo que diga se malinterpreta, quiere escribir una caricatura del heroísmo y escribe una novela para dar por saco, para burlarse de las novelas de caballerías, porque no gana mucho dinero con lo que escribe y le fastidia que otros sí tengan éxito. Pero para sorpresa de muchos la obra, que habla de un hidalgo llamado don Quijote, tiene buena acogida y se vende bien. Se rumorea que Lope, su íntimo enemigo, aprovechando el tirón de la obra y para molestar, saca la segunda parte de la novela, el Quijote de Avellaneda. No das una, Miguel. Curiosamente la primera frase que aparece en tu novela es “Desocupado lector”, pero a la historia de la literatura pasará que dijiste: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre…”, y es mentira, no fue esa la primera frase. En cambio la última palabra nadie la recuerda ya. La última palabra de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha fue “vale”. Sí, “vale”, así de claro. ¿Se puede imaginar una palabra más cargada de modernidad para terminar la obra más moderna de la historia de la literatura que “vale”? ¿Que “vale” era una despedida y significaba algo así como “adiós”? Pues vale.

 

Juan José Rosado
Juan José Rosado

 

De tres damas en camino (capítulo excluido por la censura en el Quijote 2ª parte)

Mar de los Ríos

Y no habiendo aceptado el rechazo del caballero don Quijote, recordábalo aún con grandiosa ira, evocando su marcha sobre su rocín mientras ella, Altisidora, ofrecíale a las espaldas del jamelgo y el caballero, un racimo de lindezas según se iban alejando del palacio ducal: “Don bacallao, alma de almirez, cuesco de dátil, más terco y duro que villano rogado cuando tiene la suya sobre el hito”.

Lo que empezó siendo una burla hacia el huésped de su señora duquesa, entrando de noche en el dormitorio del hidalgo con palabras zalameras y mostrando sus cabellos al varón como signo de ofrecimiento descarado, se había tornado cuanto menos en coléricos celos hacia la dueña del corazón de aquel vetusto loco, quien afirmaba no poder corresponder a dama alguna, pues su amor andaba comprometido con una tal Dulcinea del Toboso.

Ningún hombre había osado a rechazar a Altisidora, y al alba decidió sin más salir en su busca. Si acaso no le daba alcance, acercaríase al Toboso a compararse de busto, estatura y cabello con la dama referida. Seguro que cuanto menos encarnaría a la dama boba; no había en el reino mujer que se gastara los redaños de esta sirvienta humillada.

Se vistió con ropa de mozo, se cruzó el tahalí del morral sobre el pecho y bajó sigilosamente las escalera del palacio antes de que todos despertaran.

Ya en la puerta, dos figuras paradas en el quicio, a punto de accionar la gran aldaba ducal, le dieron un susto de muerte:

—A la paz de Dios—dijo la más vieja. Somos Teresa Panza y Sanchica, esposa e hija del escudero que asiste al caballero don Quijote. Venimos en su busca, pues nada sabemos de su paradero desde su segunda salida rastreando hazañas tras el amo.

Después de conversación susurrante a las puertas del palacio, las tres decidieron emprender viaje.

Altisidora montaba a horcajadas un matalón usurpado a sus señores, Teresa le acompañaba a su vera sobre burra coja cabalgada a la jineta y Sanchica caminaba detrás de ambas al trote, con promesa de descanso a tres leguas del palacio. Destino: cualquier lugar de la mancha…

 

Año 1616

José Miguel Gómez Acosta

El 22 de julio finalmente el capitán William Adams cuenta con el favor de los emperadores japoneses.

El 4 de febrero Juan de Silva parte hacia la batalla sin fortuna al sur de Filipinas.

La Santa Inquisición incluye como autor a Nicolás Copérnico en el índice de los libros prohibidos y un cacique mapuche es apresado por el gobernador de Chile hasta su muerte.

El 23 de abril cierra los ojos en la estática tarde madrileña don Miguel de Cervantes mientras un almirante avista las Malvinas antes de bautizar el cabo de Hornos.

En Inglaterra muere según el calendario, el gran cisne de Avon, William Shakespeare al tiempo que florecen los pastos infinitos en Europa central y se inundan los sótanos de una pequeña iglesia al sur de Copenhague.

El cuarto día de enero prosigue la matanza de un extraviado grupo de balleneros vascos en Islandia.

Nace el Príncipe indio que traduciría al persa algunos de los libros de tradición sagrada.

Comienza a cobrar fama un pintor de retratos con treinta y cuatro años en Amberes y en la extensa Castilla el duque de Milán escribe sus memorias mirando algunas moscas paradas en el sol de las migas de pan y el aire detenido de la siesta.

 

Rafa Amat 'Ales'
Rafa Amat ‘Ales’

 

¿Qué gigantes?

Begoña Callejón

Justo en frente hay treinta o poco más

desaforados gigantes con los que pienso hacer batalla. Y quitarles a todos la

vida. Miro al cielo y el aire está limpio.

Cojo mis armas. Las vísceras suben

y se alojan en la taquicardia del dolor.

Las lágrimas se conmueven con la

imagen, por eso las recojo y tejo con

ellas molinos de viento; para reforzar

el mundo, para que la orilla del sueño

se vuelva nuevo horizonte. Así que

asciendo, asciendo, porque el miedo es

sólo un camino. La repetición eterna

de las cosas. ¡Quítate de ahí y ponte en

oración porque lo que en ellos parecen

brazos únicamente son las aspas!

Y veo un escarabajo en mi vientre: el

principio fue ese. Un trance en busca

de equilibrio. Un viento cobarde.

Con la lanza arremetió a todo galope y

rodó maltrecho por el campo.

Algo despierta. La continuidad. La

conciencia. El hogar me espera.

Necesitamos sobrevivir.

 

Agradecido

José Antonio Garrido

La dureza de la goma aún marcaba de surcos rojizos la piel de Alonso. Esta vez, la policía se había empleado con más firmeza que de costumbre. Por eso le costaba encontrar la postura para descansar en el colchón gastado y humedecido del calabozo. Pero valió la pena. De nuevo consiguieron evitar un desahucio. Al buen hacer nunca le falta premio, se repetía. Aunque resultaba evidente que aquellos agentes eran de otra opinión; cada uno es como Dios le hizo, e incluso peor, muchas veces. Pero si entre los demonios, hay unos peores que otros, ¿cómo no encontrar a un hombre bueno entre los malos? Y como es la ingratitud hija de la soberbia, Alonso agradecía cada golpe que aquel policía de panza saludable y baja estatura le había evitado. Lo único que lamentaba es que ahora también a él le costara encontrar la postura.

 

Sutura

Antonio Cruz Romero

Ven, muerte, tan escondida que no te sienta venir.

El Quijote, CERVANTES

Y volver…

La última vez que lo vi

fue un soleado mediodía de diciembre,

apenas quince atardeceres antes

de que la muerte le cerrase los párpados.

Ha sido duro volver aquí,

pero era necesario hacerlo,

y hacerlo con urgente premura:

como lo hace el asesino

apareciendo en la escena

del crimen más brutal.

(Llueve. Llueve con suavidad;

esperaba encontrármelo

tras la barra, acaso sonriendo.)

Volver, regresar y retroceder

para que comience el espectáculo

de ver cerrarse las heridas.

El vino (y subsistir) harán el resto;

el recuerdo permanecerá en el poso del vaso,

ya por siempre vacío.

Brilla el sol tras la lluvia triste.

Y así me alejé en silencio para dejar atrás

el ensordecedor ruido de los vivos.

 

A Paco (R.I.P.), dueño de la Bodega El Toboso, el enclave cervantino en donde nacieron estos versos.

 

Alonso Tú Quijano (canción)

Raúl Quinto

Galopa hueso

y perro de más hueso.

Tienes tierra en los ojos

y sombras dentro.

Aquí tienes los libros que escriben el mundo,

ésta es la biblioteca de todos los tiempos.

Tacha una página y se rompe el cielo.

Tacha con fuego

y el horizonte

es sólo un agujero.

Aquí tienes los libros y el resto es silencio,

ésta es la biblioteca y afuera está mudo.

Camina hueso

y perro de más hueso.

Tienes tinta en la boca

y un solo sueño.

Tacha los ojos.

Mira leyendo.

Aquí tienes los libros,

el universo.

 

Cervantes nunca hubiese ganado el premio Cervantes

Julio Béjar

Los currículums se equivocan. No hablo de las mentiras que todos alguna vez inventamos, sino de su obstinación por recoger nuestros éxitos, del empeño inútil por huir de la muerte. Más bien, deberían recoger nuestros fracasos, coleccionar tentativas, frases no dichas a tiempo o las derrotas que nos marcaron a vida. Con esto quiero decir que  don Quijote sería el candidato perfecto para cualquier empresa dedicada a desfacer agravios y enderezar entuertos.

Cervantes también mordió mucho polvo. Lo intentó todo y en casi todo fracasó, al menos en vida: estuvo en la cárcel varias veces, perdió la movilidad de un miembro, fue eclipsado por sus rivales literarios y las mujeres de su familia no gozaron de buena reputación. Como dijo José María Valverde: “Cervantes nunca hubiese ganado el premio Cervantes”. Sin embargo, sólo alguien que haya conocido el cautiverio y la humillación sería capaz de escribir con tanta luminosidad que la libertad “es uno de los más preciosos  dones que a los hombres dieron los cielos”.

Cervantes lo inventó todo, incluso el reality, como vemos en la segunda parte del Quijote con los capítulos de los duques, quienes montan con la complicidad de sus lacayos una especie de Show de Truman a lo medieval.  don Miguel lo inventó todo por mucho que le pesara a Borges. Ay, Borges “el intocable”, que prefería el Quijote en inglés porque el castellano era indigno para tal genialidad; Borges “el despechado”, que vino a apostillar con su remake metaficcional lo que Cervantes ya ideó en una celda inmunda de Castilla.

Los autores del Siglo de Oro pueden ser atractivos, prueba de ello son los últimos montajes de la compañía Ron Lalá. Este “filón áureo” supieron aprovecharlo los políticos ingleses –ahí Borges llevaba razón–, quienes a diferencia de los españoles convirtieron a Shakespeare en el abanderado de la Marca Inglaterra.

Leer a los clásicos es bueno para la salud, mejora el cutis y elimina las materias grasas. Y además, sus obras son una cura contra el ridículo, ya que desconocerlas puede llevarnos a creer que podemos, aún hoy, descubrir el Mediterráneo. Eso que ahora llamamos crowdfunding ya existía con Cervantes, como podemos ver en sus dedicatorias al Duque de Béjar y al Conde de Lemos; el selfie ya lo practicó Velázquez en Las Meninas; y criticar el maltrato de los políticos españoles a la cultura tampoco es algo nuevo. Pero dejemos los ajustes de cuentas intertemporales, porque hoy es día de celebrar que hace 400 años Cervantes y Shakespeare se hicieron inmortales.

 

Galgo corredor

Aníbal García

En un lugar de la mancha

de cuyo nombre no quiero acordarme…

MIGUEL DE CERVANTES

Aquí me veis,

abandonado y taciturno,

en esta soledad de la alquería

añorando

las caricias y gritos zalameros

de mi señor.

Él tuvo que partir para librar

descomunales aventuras

pues desfacer agravios y enderezar entuertos

llevaba en mente.

Hubiera yo querido acompañarle

en tan nobles tareas

pero el destino quiso -o su visión nefasta-

que eligiera al orondo campesino

como fiel servidor.

¡Cuánto amparo y consuelo le habría dispensado

este humilde canino!

Hubiese sido yo el mensajero

cuando hubiera querido hacer partícipe

a la sin par y bella Dulcinea

de sus pesares,

de sus cuitas,

de las grandezas

que pensaba mi amo conquistar.

Le hubiera yo advertido diligente

del error de enfrentarse a aquellos monstruos

antes de que su boca, con torpeza,

declarara:

“non fuyades cobardes y viles crïaturas

que un solo caballero es el que os acomete”

¡Mi pobre amo!

Qué ideal compañero hubiera sido

la vez que derramaron sobre él

un gran saco de gatos

-quién mejor que un hercúleo can

para trabajo semejante-

desde aquel corredor sobre la reja

en la que estaba mi señor

entonando un romance en el discurso

de Altisidora, la mujer

enamorada.

Cuántas más peripecias le perdieron.

Aventuras buscaba a diestra y a siniestra,

enemigos encontraba en todas partes.

¡Tan grande sin mi amo es mi desdicha!

Ni el bálsamo siquiera de un nombre me dejaron

con el que pueda algún día la historia

recordar a este solitario y triste

galgo

corredor.

 

Razones morales y éticas que justifican la actualidad de la obra cervantina

José Francisco Díaz

¿Qué puede haber de especial para que una obra literaria como la de Cervantes, un personaje como el Quijote o, incluso, la personalidad del propio escritor, reciba tantas atenciones después de cuatrocientos años?

En el mismo Quijote se nos quiere hacer ver que el protagonista pasa por un estado de locura. Tal vez porque hoy día sea una locura compartir los valores que promueven don Quijote y Sancho, aunque eso sea precisamente lo que provoque su atracción. Entre otras cosas porque en una sociedad donde cada vez es más acusada la pérdida de valores es más necesaria una reflexión y un cambio de actitudes.

No hay más que acudir al Quijote o a sus Novelas Ejemplares, para sorber de una fuente inagotable de sabiduría y de comportamientos modélicos. Sus protagonistas nos cautivan por su profunda sensibilidad y la humildad de su origen. Muchos de sus refranes los usamos a diario y sirven de modelos contrastados. Destacan algunos episodios, como el conocido sobre las armas y las letras, donde Cervantes hace apología del oficio de las armas que aún hoy podría justificar si se esgrimiera con la misma noble intención.

También en el Quijote, el discurso de la pastora Marcela se erige en una temprana proclama feminista al no aceptar un amor correspondido. No se siente obligada a amar a un hombre por el hecho de ser amada. Alargamos el discurso sirvién donos de la novela La gitanilla, donde la protagonista, Preciosa, goza de una inteligencia, capacidad e independencia que horada la firme voluntad de sus pretendientes, aunque decline su actitud por el amor verdadero de don Juan de Cárcamo. Estrecha amistad nace entre Quijote y Sancho o entre Rinconete y Cortadillo. La comprensión fraterna, de manos de Sancho Panza y su esposa, ya fuera Teresa o Juana. Inabarcables, para este texto, son las fuentes de moralidad y consejo.

Don Quijote es un ejemplo del antihéroe sensible y convincente gracias a la confianza que genera su pertenencia a un estrato social humilde, por más hidalgo que fuera. La narrativa de Cervantes es un manual orientador de buenas maneras y de prácticas solidarias y generosas, claramente reflejado en el capítulo en el que don Quijote daba la libertad a los galeotes enjaulados. Como contraprestación terminaron apedreándolo, como una pandilla de desagradecidos.

Por otro lado, en su obra poética cumbre, Viaje del Parnaso, suscribe una impresión sobre la poesía que nos resulta muy actual: hace cuatrocientos años también los malos poetas intentaban apoderarse por asalto de las cumbres del Parnaso. Para resolver el conflicto, Apolo envía a Mercurio buscando ayuda de los buenos poetas españoles. Hoy ocurre exactamente lo mismo; vivimos un momento de confusión de criterios donde los buenos y los malos poetas, los regulares y los aún peores, se mezclan en una especie de juegos de artificio.

Tal vez por todo ello la celebración del cuarto centenario de la muerte de Cervantes sea una buena excusa para que tomemos su obra como referencia ética y nos sirva de guía ante las supercherías y los fraudes de cualquier especie y condición. Ya tenemos más motivos para retomar su lectura.

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